viernes, enero 15, 2010

CARTAS (1)


Una vez que lentamente nos despedimos, me quedé mirándote.
Hasta que tú desapareciste de mi vista y entraste a mi recuerdo.
Luego la cosa va más rápido. Tal como cada sol y cada sueño, tiene su cima y su ocaso.

A veces la vida da vueltas y a veces las cosas dan vueltas…
Después de que te fuiste, dos o tres lágrimas se asomaron en mis ojos. Mirada vidriosa bajo lluvia de emociones. Caminé. Me dirigí hacia al ascensor. Entré mecánicamente por la puerta automática, siguiendo a un tipo alto y desgarbado con traje oficial de aeronave. Tosí como perro con tuberculosis. El tipejo se alejó de mí, tal como si se hubiera encontrado de pronto con una víctima de lepra contagiosa. Cuando escuché, dentro del cubo transparente, que salía -por altoparlante- una voz de actriz porno portorriqueña que decía: “now you’re on first floor. Welcome” deduje que había arribado a Disneylandia, quizá por apegarme demasiado a tu partida al país de las oportunidades y la paranoia. El vil uniformado aprovechó que yo babeaba al otro lado del ascensor para entretanto salir despavorido. Ante mi torpe extrañeza, el ascensor volvió a subir antes de que bajara yo. Cuando llegué al segundo nivel, sentí terror del cubo “inteligente” y por tontera propia decidí salir. Para conmoción del aeropuerto entero, caí con estruendoso sonido. ¡¡¡Prommmmppp!!!

…Welcome –me dije. Solo para ver si aun podía hablar.

Ignoro por qué demonios a alguien le dio por construir un ascensor cuya salida es por distinta puerta que a la entrada. Caí de bruces al vacío. No me quebré, solo porque no hay milagros ni dios es justo. Todavía tengo las rodillas turuleques y tembleques. Me duelen cuando me río y cuando no río. Mi mami dice: “no muere mala hierba ni mala gente”. Gracias, gracias…Yo digo que si hay lotería de padres, me gané “el gordo” y “la bruja de mis sueños”, y que debieran exportar a mi madre a la franja de Gaza. Ya que, dadas las cosas, si fuera ella a quien se le encomendara alentar la muy baja moral de los soldados, les aseguro que estos pronto estarían peor: renunciarían a la guerra, a la patria, a la familia, a sus hijos y a sus vidas. Mascarían granadas al desayuno. Sea dicho con mi acostumbrada y criminal franqueza: ella barre por los suelos cualquier esperanza en la humanidad; de hecho, un día con mi madre bastaría para convertir al Dalai Lama en asesino en serie…

2

Una vez que pude reponerme, o sea, ponerme en pie de nuevo, comencé a andar entre la turba, como un Cristo (sin poderes) sobre las olas. Unas doce personitas estaban alrededor. Eran zánganos curiosos, al borde de la risotada y de la mueca burlesca. ¿Se siente bien?- me preguntó uno que inconscientemente imitaba mi andar de cojo borrachín. Contesté sonriente: -¡la verdad, me sentiría mucho mejor si hubiese sido usted quien se cayó!-. El burlón, su familiar desgracia, su desgraciada familia y el resto de subnormales se puso a andar y me abrió paso.
Enfilé los pasos hacia la salida del aeropuerto. Imaginé aviones con retraso, aviones llenos de pasajeros en sus vientres, azafatas haciendo un show de pantomima mientras dan instrucciones que todos pronto olvidarían a la hora de catástrofe inminente, tipos extrayendo vasos de whisky de los carros de las azafatas, tipos que se arrojarían sobre las azafatas a la hora de una catástrofe inminente, pilotos que se persignan y sueltan los controles, pasajeras que se tocan la entrepiernas mientras tanto se encomiendan a dios y un dios sordo que juega a su propia versión de “¿me quiere o no me quiere?”, susurrando: “¿se caen o no se caen los soñadores?”…
Al salir por pies del aeropuerto, escuché el despegue de un avión y el aterrizaje de otro. El mundo sigue dando vueltas –pensé. Es el vaivén de lo que vuela y de lo que cae, como el amor y sus pasajeros, ilusos enamorados.
Luego caminé. Caminé un equivalente a treinta o cuarenta cuadras, pues por error estacioné el auto en los depósitos de carga. Cuando llegué al depósito, a un guardia se le ocurrió gritar: “¡Oye, Juan, se escapó uno de los animales!”. ¡Vaya! Me costó diez minutos de perorata convencer a Juan y a Pedro, apóstoles de la divina estupidez: “yo soy humano (más o menos)”, “acabo de dejar mi auto a unos metros de sus narices”. Pedro terminó por decirme que su cuñado tenía un circo en la Recoleta. Me entregó su tarjeta. No haré comentarios por esta vez.
Cuando logré subirme al auto, encendí el radio. Porque el silencio crecía; me recordaba a ti, a un adiós, a una caída, a un “no-tiene-ningún-sentido-que-losquesequieren-sealejen”… Miré las luces en el grávido seno de la noche: aviones, señales y estrellas fugaces. En la radio, escuché el comienzo lento, profundo y grave de “I can’t get no (satisfaction)” interpretada por Björk y PJ Harvey, como una oración cantada por un dúo de voces de ángeles negros y nocturnos que reniegan del cielo etéreo y pulcro de los ángeles sin sexo. Encendí el auto, tomé al manubrio, doblando con la misma gracia que emplea en el cine un conductor pendenciero y prófugo de la ley, salí del aeropuerto hacia San-chasco. Esa era, al menos, la intención. Pero para entonces, como en la vida, había un gran tramo entre el deseo y la realidad. Las cosas empezarían a torcerse y a dar vueltas sobre sí mismas.
Ya que algunos vinimos al mundo para imprimirle vértigo a la vida.
Y la vida nos da vueltas y vueltas, y las cosas, lo mismo…

3

Salí en el auto a la carretera. Con mi banda sonora: los Blind Melon cantaban la bella “all that i need”. Sentí que era el protagonista de un road story. Presioné a concho el acelerador. Lancé un eructo (como señal de alarma). Puse cara de recién expulsado del colegio-cárcel-penitenciaria. Todo fue en vano. Justo cuando empezaba a imaginarme como Harry el sucio (al menos, lo de sucio, me venía al callo), me encontré de frente con el peaje. Escarbé mis bolsillos. Solo me quedaban monedas (hurtadas, con descaro, a los mendigos ciegos). Conté, como pude, “dos mil” en monedas de cien, cincuenta, diez y cinco pesos. Detuve el auto junto a la estrecha caseta y su estrecha ocupante. Por lo que vi era una hermosa mujer de unos veinticinco (la verdad es que apenas lo vi. Muy bien podría haber sido un travesti, ancho como un rugbista y con bigote y patilla bajo el pelo con visos). ¡Qué tal nuestra noche! –le anuncié con mi voz más ronca y más falsa. -¿A qué hora saldrías de tu puesto para venir a buscarte?-. La chica abrió los ojos como huevos fritos, me miró furiosa. Puso la misma mueca de agrado que habría puesto si me hubiera encontrado comiéndome las uñas de los pies y hurgándome las narices al mismo tiempo que celebraba el tamaño enorme de mis mocos. Sacó un brazo de la caseta y se puso a apuntar con golpecitos un cartel. Leí. Decía: “se ruega no conversar con la operadora”. La miré. Le entregué el fajo de monedas. Ella presionó un botón. Me levantó una gruesa barrera de madera. Yo le levanté un dedo, el del medio. Ella me mandó a la ciudad. Yo la mandé a la mi…, lugar del que nunca debió haber salido. Las cosas, por un segundo, en su lugar…

4
A veces las cosas dan vueltas y a veces es uno el que da vueltas…
Decir que di unas cuantas vueltas tratando de buscar la dirección a la ciudad de San fiasco sería como describir el Gran Cañón de El Colorado como un pequeño y sutil agujero en la tierra.
El punto es que estuve dando vueltas durante muuucho tiempo. El reloj cambiaba sus números. El vidrio se enfriaba. Los aviones iban y venían. Tú pasabas por sobre países y yo bajo alarmas electrónicas de peaje. Hasta que luego de tomar una curva-rotonda, como quien se tomaría una cerveza en pleno desierto, me encontré con una tierna pareja de “amigos en su camino”. –“¿Y usted, qué cree que hace?”- me soltó un feo marciano de verde con casco blanco. “¡Va contra el sentido, jovencito!” –me soltó el otro. “¡Créame, oficial, que nunca ha dicho algo más correcto!”-le espeté. -¿Qué cree que dice usted?”, refunfuñó el verde ogro que servía de dama de compañía. –“Le decía que llegué hace muy poco al país, vengo del aeropuerto, estoy impresionado del progreso, la calidad de los caminos, los peajes, la gente, la policía… el cuento es que todo ha cambiado mucho desde que salí del país acompañando a mi padre en misión diplomática para dar cuenta de la importancia del honor patriótico y el orden público en Chile a lo largo de quince países de la viejuja Europa. Parece sí que no me las puedo arreglar bien para encontrar la salida a Santi-asco. Quizás ustedes, nobles miembros del cuerpo civil de Caras-de-vineros de Chile, podrían decirme cómo encontrar la salida…”.
Se miraron uno a otro, los dos extrañados, como si hubieran visto de pronto a Dios bajar del cielo desde un relámpago para felicitarlos por lo bien lustrados de sus zapatos de oficial obediente. Entonces replicaron, con repentina voz de soprano: “mire, joven, lo que pasa es que usted se ha pasado. Tomó la salida 18 c y la que necesita es la 16 e. Dese la vuelta aquí, contra el tránsito, nosotros lo escoltaremos hasta allá. Usaremos nuestras sirenas para despejarle el camino. Así fue como logré encontrar la dirección hacia la ciudad. Volví a pasar por fuera de la casa de tu mami y fue allí donde pensé en ir a saludar a mis padres, para no tener que oír al otro día de sus gargantas desgastadas (por lamentos y retos) la sonajera del lastimoso “cumpleaños feliz”. Seguí conduciendo a toda pastilla porque ya a esa hora me había acostumbrado a la autopista. Las cosas siguieron dando vueltas, y más cuando empecé a beber con mis padres una mezcla de champaña, pisco-sour, vino jerez y otros menjunjes, pero esto ya es tema de otro relato…

El caso es que no hay vueltas que por bien no vengan.
Te esperaré a tu vuelta.

A veces la vida da vueltas y a veces las cosas dan vueltas, y entonces hay que plantarse y detenerse y mirar a los lados y sonreír… Cuando me planté delante del cruce de calles, recordé algo que me dijo el marciano-carabinero cuando notó que me cuadraba ante él y apenas reprimía mi ataque de risa.
“¡Jovencito, asegúrese de que la próxima vez que cruce la calle, el semáforo le indique claramente luz roja!”

Continuará.




Este maldito yo!

ADVERTENCIA


EL ALCOHOL MATA LENTAMENTE



Yo: -No importa. ¡No tengo prisa!



Este maldito yo!


***
Voy a contarles ahora de mi vida y una inolvidable experiencia: ¡Ay!... ¡el primer beso! Sí, a mí también desde pequeño me bombardearon una y otra vez con eso de que “no hay nada como el primer beso”. Bueno, de paso: también escuché cosas como que “no hay nada como la familia” (¡a dios gracias por eso…!), o que el primer amor nunca se olvida (¡claro, porque es un trauma!).
¿El primer beso? Tiemblo de empezar a recordarlo. El cuento es como sigue: una noche, a mis dulces doce años, me dio por escapar a mi aburrimiento hasta un aburrimiento ajeno, y salir con un “amigo”. Mi “amigo”, uno de esos exquisitos especimenes que acostumbran a comer las uñas de sus pies, se caracterizaba por gozar a más no poder el hecho de que le sirviera de objeto de burlas, humillaciones y mentiras varias. Así, entusiasta como un ángel caído, luego de pillar volando bajo a mi madre, quien se ocupaba de planear la mejor forma de descubrir el nuevo affaire de mi papi, logré conseguir un permiso para salir. Obviamente, con palabras de hada madrina (y clara apariencia de bruja), mi mami puso bien en claro que el susodicho permiso expiraba sin piedad a las doce de esa noche. Dado el ultimátum, alzó el uslero como un gendarme levanta su cachiporra de luma. Intenté rebelarme. Pero no había dios que la hiciera cambiar de opinión. El diálogo fecundo con mi madre cerraba como de costumbre. Portazo en plena jeta de este torpe portavoz.

Advertencia (con música de terror):¡Continuará!

***

Heladería Emporio La Flor (ofrecen helados con sabores estrambóticos como: pétalos de rosa, zanahoria, menta con jengibre): en el libro de amables sugerencias, me permití sugerir, en vistas al perfil del público, helados de: cactus, cáscaras de tuna, moscas en almíbar y de flores carnívoras.

martes, enero 12, 2010

rodeos

Historias de un sacador de vueltas:

***
1

Si seguimos al pie de la letra lo que mi dulce madre cuenta a sus matusalémicas amigotas, soy yo un clarísimo caso en que es urgente un cable a tierra (ni idea de por qué mi madre usa ese feo lenguaje de electricista, pues ella es incapaz de diferenciar una bujía de su propio dedo meñique, y esto lo deja en claro cada vez que intenta enrollar una ampolleta a su soquete). En este sentido (o sea, en el que hace posible escapar de mi sarcástica mami), al menos puedo confesar a mi favor que nunca tuve en mi niñez ni enfermedades venéreas ni urgencias metafísicas (aunque parezca increíble, de niño estaba lo más lejos posible de los filósofos y del alcohol; si bien, no sorprende que las dos cosas se hallaran igualmente distantes cuando, por lo general, van inseparablemente juntas: dondequiera que hay alcohol, hay filósofos como moscas y dondequiera que hay filósofos hay muchas botellas vacías en las que se ha exprimido una alucinógena dosis de alcohol)…

De hecho, antes de acometerme algún delirio filosófico, o preguntarme platónicamente por el asombroso modo en que el interruptor de corriente, al presionarse, hace lo que dios alguna antigua noche, cuando dictaminó: “¡Hágase la luz!”, yo optaba por reptar entre lo oscuro, a tientas, hasta abrir la puerta del refrigerador, a fin de hacer mi nocturno saqueo y cierto es que detestaba esa maldita luz automática que me acusaba –como una pálida aguafiestas- sin poder yo oponerle resistencia (¡Maldita luz de la razón!). A oscuras en la memoria, recuerdo una noche gloriosa: estaba en plan ladrón de comistrajos y bebestibles, cuando escuché a mi madre tomar su uslero y aproximarse a la caja refrigerada (donde me disponía a mis queridos ultrajes), sin pensarlo dos veces (y ni siquiera una, algo habitual en mí), me escondí adentro del refri y cerré de un golpe la puerta. Pronto sentí el punzante frío (sobre todo en el trasero y en las bolas), luego oí los pasos de mi madre cada vez más cerca. Tras de eso vino a mis oídos su gorjeo de ave estrangulada: “¿quién diablos anda ahí?”. Mientras, mi cabeza se había atorado entre la rejilla de los vegetales y la de los lácteos. Quizá pasó así un par de minutos, algo que se me hizo eterno como si hubiera estado amarrado en la cocina y obligado a escuchar, sin pausa alguna, un disco con canciones de Elvis, versión de cantos gregorianos y zampoñas –lo del disco ese está basado en un caso real: es lo que mi padre nos obliga a oír en su auto, sea dicho de paso-). Entonces, mi madre abrió el refri y se me quedó mirando. Yo traté de mantenerme inmóvil. Para inspirarme, pensé en que si me castigaban tendría que acompañar a mi madre a las liquidaciones de mil zapaterías o a mi padre en las capacitaciones para promotores de venta piramidal. La cosa resultó, aunque mi madre me miraba a la cara fijamente (notaba su cara de plena sospecha). Yo tenía los ojos cerrados, el ceño muy fruncido, la mandíbula totalmente apretada, las mejillas infladas y rojas por no tomar ni pizca de aire. En suma, parecía el rostro de alguien que está cagando lo que le queda después de haber competido en el campeonato nacional de mejicanos engullidores de frejoles. Cuando ya creí que me moría, mi ma cerró la puerta de un golpe y se volvió a la cama. Escuché su voz sonar desde el dormitorio. Ella hablaba con mi padre. “… ¡si serás bruto, que no puedo encargarte nada. Te pido comprar un pollo y me traes un jabalí desnutrido y cabezón!”. Mi pa debe de haber mirado extrañado antes de voltearse para seguir roncando. En seguida, los ronquidos de mis padres continuaron. Volvimos al sonido de dos osos asmáticos gruñendo, música de fondo que caracterizaba las noches en la apacible casa familiar.

Demoré el resto de la noche en poder estirarme y una buena parte de la mañana en liberar mis testículos congelados gracias a los ansiosos golpes que daba con un enorme picahielos. No voy a omitir que cada vez que me pegaba con el picahielos, debía reprimir un dolor que sólo podría compararse al de apretarse los pezones con una llave inglesa. Una vez resuelto el cacho, justo cuando mi padre se disponía a sacar su cerveza matinal, alcancé a abrirla, beberla de un trago, orinar en el interior de la botella y volver a taparla y colocarla en la sección “delicadezas”. Me alejé a hurtadillas, gateando, pues mis bolas estaban tan hinchadas como dos disparejas pelotas de baloncesto.

En el preciso instante en que lograba encaramarme a la cama, oí el alarido de mi padre, el cual vociferaba mi nombre.
–“¿Sí, papito?”-
-¡Mira, tumor primogénito! Resulta que me acabo de encontrar que mi cerveza fina selección y ganadora de diez medallas de calidad ha sido engullida y reemplazada por orines con olor a amoniaco y a sudor de obrero proletario…
-¡Papi! ¡No sé de qué me hablas! ¡Hasta ahora nunca jamás en mis dieciocho añitos he bebido una gota de ese pecaminoso alcohol! ¡Podría jurarlo! ¡Cruz pa’l cielo, Dios, que si miento en algo, caiga un mortífero rayo… justo en la cabecita de mi santa madre!
Mi madre, de añadida, se acercaba a la escena del deleitante delito.
-¡Mira, ciego! ¡Qué asombroso! ¡Justo hay una seguidilla de huellas de pies mojados que van del refri a la cama de esta criatura del demonio!
Mi padre advertía el charco de agua e insistía en voz alta: “¿Y quién, si no tú, puede tomarse mi cerveza?”. Yo miré suspicazmente a mi madre. La arpía dijo, entonces, con sorna: “¡Habrá sido un ángel!”
-¿Ángel? –preguntó con asco mi papi.
-¡Eso es! ¡Un ángel!
Mi padre miró a mis ojos. Vi dos ojos inyectados en sangre y echando chispas. Luego el finiquito vino a voz en cuello:
-Pero ¡carajos!...Dime:
¿Cómo es que un ángel existe, baja del cielo a la tierra, bebe cerveza y luego deja los restos con apestoso olor a obrero proletario… justo en la botella del más refinado exponente de nuestra noble burguesía?
-¡Eso es, papi! ¡Es una excelente pregunta metafísica!... Te aseguro que toda la historia del pensamiento metafísico puede resumirse bien en esa sabia interrogante…
Mis padres me miraron con mezcla de desprecio y descrédito, no sin antes darme el nombre de “filósofo” a modo de insulto inmejorable…

Así las cosas, ahora intentaré mostrar cómo es que la filosofía bien puede resumirse en esa aguda pregunta lanzada por mi padre en su más rotunda desesperación…Tiemblen Santo Tomás, Hegel y Marx…

¡Felices los que dudan!
¡Amén!

viernes, mayo 29, 2009

en el hospital...




De-de-de…del coma desperté después de varios días en que el mundo seguía haciendo de las suyas: asesinos en serie; liposucciones; vendedoras de seguros y de pompas fúnebres; medicina china a domicilio; promesas de amor por correo y contra reembolso a la dirección equivocada…

Me sentía presa de un divino sabotaje; el deseo me crecía y las fuerzas me faltaban. Lo primero fue evocar los Knock out; una a una recordé muchas de las tantas veces que me tumbaron. Caía de golpe en la lona. También en la cama era igual.

Pasé memoria por todas las veces en que me enamoré. De pronto vi la luz. Tal como dos gotas de mercurio acaban por fundirse siempre; llegado el fin, el torpe enamorado y el inocente boxeador que alguien noqueaba, terminaban por reencontrarse en mí.

Me despejé de tubos y jeringas, inyecté chocolate en el suero; todo ese aparataje me hizo pensar en un Frankenstein formado con los restos de mis batallas. Ya de frente ante el espejo, las cosas daban muchas vueltas con un vértigo difícil de distinguir del delirio amoroso; mi vida, mientras, se había detenido. Esperaba el dictamen de los médicos-carniceros, tal como un novicio luchador esperaría el puntaje de unos parcos jueces, tras hacer una pelea en territorio extraño. Años de realizar mi vocación de piñata, y la vida que en ese preciso momento finalizaba a la manera de un combate nulo: sólo me regalaba un pleno cero a la izquierda.

Acodado en la ventana, miraba la noche y saludaba a las estrellas fugaces. Fue entonces que me repetí: “desconfía de las mujeres que siembran los celos en el ingenuo jardín de tu infancia; de las que pierden virginidad y luego la ganan, de las que disparan contra tus canciones; de las que nunca leen poesía; de las que parlotean sobre la familia que tendrán un día; de las que llevan una pesa en la cartera; de la que usan taco aguja y jeans; de la que jamás se tatuarían; de las que rezan el padre-nuestro al matri-demonio;…”.



Este maldito yo!

martes, mayo 26, 2009

se vienen nuevos cambios... ¡no!!!


Bonitos recuerdos de mi último cambio de casa y de piel...


...Uff! Ya va terminando el cambio. Imagino que cambiar de sexo hubiera sido menos esforzado. Al bendito Manuel, primero lo odié... (!)


Quedamos a las 10 a.m. y a las 12, lo llamé, y entonces me pidió el nombre y la dirección (que anotó por vez primera).


Después de que bajé casi todo (solo) por ascensor y escaleras, llegó un tipo que -con un camión enorme- pasó el vehículazo por la entrada al edificio de tal manera que se le cayó el pelo a tres de las viejas copuchentas del edificio (más el infarto de un conserje).


Mordí mi lengua para no putear a Manuel, que llegó muy campante (tratándome de "usted"). Trabajaba él y un gallo de pelo largo y canoso que parecía -a primera vista- salido de un documental de brujos autóctonos (aunque vestido como Don Ramón del chavo del 8).


Bajamos con un olímpico retraso las cosas. Manuel, quien ha trabajado siete años, todos los días casi, casi a toda horas, se impresionó de la cantidad de cachibaches que había en un departamento...


Yo seguí bajando cosas y cada uno trabajo en silencio y con atraso, hasta quenos subimos los tres en el camión. Yo recordé una peli muy freak (de Serge Gainsborough, Je ne t'aime non plus), que se trataba de un chofer de camión de basura que se enamoraba de una chica que parecía chico (a la cual aborrecía si se vestía de chica: un amor de moteles de mala calaña, ambiente grotesco yfrases como: -"¿por qué trabajas en esto? (dice ella con mirada enamorada), él contesta (mientras escarba su oído con el dedo): -porque eso es lo que queda de todo lo humano, basura, yo lo recojo y lo cargo todos los días: la humanidad es una porquería que hay que llevar contigo; yo, al menos, le hago frente").

El punto es que ya en el camión, empezamos a conversar. Al rato, yo ya estaba ofreciéndome para trabajar de mudante (aunque Manuel sostuvo que felizmente iba a jubilar antes de que yo pudiera entrar al negocio); el canoso (Eduardo) resultó ser un venezolano que trabajaba por primera vez en mudanzas, era maestro de yoga y cocinero vegano).

Con Manuel, conversamos de las vidas de ambos, del estudio,del campo, del sur; con Eduardo, hablamos de cartas astrales, masaje dedrenaje linfático, Günther Grass, filosofía y de veganismo (obvio!).


Al rato, parecía que nos tratábamos de hace años.
Estuve siete días trasladando cosas y el martes, desde las ocho y media hasta las siete de la tarde (sin beber agua ni comer).


El departamento en Lastarria quedó tan lleno de cosas que para abrir el refrigerador hay que levantar una cama. Con Eduardo quedamos en practicar yoga y comer juntos; a Manuel, lo dejamos descansar (dijo que el del martes había sido uno de los cambios más extenuantes de su vida), y trató por una hora de convencerme que su cara del martes no era como la de otros días.


En la mañana, salgo temprano, miro la cara de la gente en la calle y me da ganas de salir corriendo de vuelta a mi cama.


El mundo es una porquería -como decía Boris Vian y Enrique Santos Discépolo.

¡Yo seré su basurero!


Este maldito yo!

chistecito corto

...El marido llega a casa.
Entra y se encuentra a su esposa en la cama con otro hombre.

-Pero María, ¡¡¿quién demonios es este tipo?!!-
-¡Oye, buena pregunta!... ¡A ver tú! Dime: ¿cómo te llamas?-


¡plop!

domingo, mayo 24, 2009

Chistecitos

Una pareja hablando en la puerta de casa.
-¡Ay!, ¡Vaya!, ¡Deberías aprender de nuestro vecino!, ¿has visto como besa a su mujer cuando llega del trabajo? ¡Pues tú deberías hacer lo mismo!
-¡Ya lo intenté, pero me dio una cachetada...!.

Plop!

Este maldito yo!

chistecitos


¿Crisis sexual?


Un tipo llega donde el sexólogo...


-¡Doctor, tengo el siguiente problema: cuando hago el amor con mi mujer, me da la impresión de que no siente nada. Algunas veces incluso se duerme...! ¡figúrese!

-Eso tiene una explicación científica.

Algunas mujeres cuando se excitan se acaloran tanto, que les es imposible sentir nada.

Trate de hacerle el amor y abanicarla al mismo tiempo.

-¡Gracias, Doctor!

Y esa noche así lo hizo, pero cuando atendía al abanico, no atendía a lo otro.

Así que contrató a un negro para que la abanicase, mientras él le hacía el amor.


-Dale, negro. ¡Abaníca! ¿Sientes algo ahora, mi amor?

-No, nada.- ¡Más fuerte, negro! ¡Carajo! ¿Y ahora, amorcito?

-Nada, nada...

-A ver, negro. Dame para acá el abanico y tú dale a ella.

El negro se pone encima de la mujer y empieza con lo suyo, mientras el marido la abanicaba.

-¿Y ahora, cariño, sientes algo?

-¡¡¡Síííí.. ahora sííí... ahhhh... AHHHH...!

-¿Ves, negro? ¡Así se echa aire!


Plop!

Este maldito yo!

jueves, abril 23, 2009

La vida te da sorpresas...

-¡Vaya! Uno no deja de sorprenderse, pero si no saben de qué demonios hablo, bueno, que eso me recuerda un chiste...

Dos monjas están siendo brutalmente violadas...Entonces una llora, mira al cielo y grita:
- ¡¡¡Padre, Padre: perdónalo porque no sabe lo que hace!!!"
A eso, la otra grita: - ¡¡¡Ése será el tuyo, porque el mío lo hace como los dioses!!!

Hogar dulce hogar (1)



En mi casa todos nos apeamos a una sola cama. Ni que decir que el debut de mis nocturnas poluciones resultó ser noticia que chorreó a todo el barrio. Mi madre le dio la noticia al barrio entero. Cada vez que intentaba salir a jugar junto a los enanos que rondaban los alrededores, como un auténtico hijo de vecino (concebido a la hora en que el vecino está en la propia casa y uno trabaja lejos del vecindario), las mocosas se reían llamándome “mojón” y los desgraciados señoritos, al encararme, se apuntaban la entrepierna, se agarraban el paquete e imitaban la explosión de una manguera (-¡Chuuaj!, ¡chuuuaj!, me gritaban-)… ¡madre de dios!
De otro lado, las cosas: jamás pasé frío. Entre el sobaco de mi tía, el tufo de mi padre y los containers lecheros de mi mami continuamente embarazada, la cama se volvía airosamente infernal.

Una vez, se me ocurrió invitar a un primo, a fin de que pasara una noche conmigo, puesto que proyectábamos un juego de pelota para la mañana del día siguiente en la cancha aledaña. El novato mocoso se enredó, entre sábanas, en la zona profunda de la litera. Luego de berrinches y gimoteos, lo sacamos al borde de la muerte; ya que había dejado de respirar. Entre pedos y pedazos, se había puesto azul. Los doctores de urgencia afirmaron con total certidumbre el diagnóstico: “es extraño: el paciente sufre los mismos síntomas que un soldado al que arrojan seis bombas de hidrógeno”. Nunca más se me permitió convertir mi impopular y populosa camita en un resort de fin de semana.




Este maldito yo!

viernes, abril 03, 2009

DIARIO DE UN TONTO EN PROGRESO. Sinopsis

Para partir, una franca declaración de... falta de principios.

¿Y qué demonios es el Diario de un tonto en progreso?

Mi autobiografía; o sea, la biografía de mi torpeza, de mi vanidad, en su versión más descarnada.

El diario es, sin preverlo, una reinterpretación perversa del Quijote, en tono confesional y sobre-actualizado (el narrador escribe acerca de los años 2000 -su irónico paraíso imaginario- viviendo en los ochentas -su pesadilla real-), al ver que la decadencia de su época lo hace pensar en un apocalipsis inminente.

Lo que escribe será una novela futurista ambientada en el año 2010, obra que estará compuesta por diversas cartas escritas a sus compañeros extraterrestres por parte de un groucho-marxiano. En ellas cuenta -por escrito- de lo que observa en la humanidad desde un lugar con el mismo nombre que los extraterrestres dan al estreñimiento: Chile).
El diario se trata de un tipo que al alcanzar el más alto grado de la carrera universitaria, el post-post doctorado, comienza a padecer progresiva pérdida de identidad y amnesia oligofrénica (acompañada con distintos síntomas literarios como: hipo bibliográfico, melancolía romántica, socratismo callejero, esquizofrenia autoral, dandysmo wildeano, hipertrofia lingüística...). Todo eso aparecerá justo después de que un destacado médico -una mula recién amaestrada- le diagnostique con voz oracular "necedad metafísica" (lo que en el Chile del futuro se llamará "bipolaridad humanista").

Conviene adelantar desde ya que el autor de las cartas sufrirá una "crisis de autor" cuando su narrador y protagonista se le enfrenta en abierta rebelión -de un modo que recuerda al Augusto de la unamuniana Niebla-. Finalmente, el autor, después de escuchar del protagonista de su novela una serie de razones por las cuales debiera avergonzarse de pretender escribir, decide suicidarse para además llamar la atención dela prensa sobre su obra. Sin embargo el "accidente" sólo le provocará una operación de urgencia (a causa de quedar desfigurado totalmente). Al tener que recomponerle el rostro, las hienas médicas preguntan a su pariente más cercana, cuál cree que sería la imagen modelo que le gustaría al paciente copiar con su rostro. La bisabuela sorda dice que el bisnieto siempre habló de un crítico al que le gustaría encantar. Se trata de un tal "Don Francisco" (la principal autoridad cultural de Chile). Ya en el hospital, una tracalada de periodistas entrevista al "autor" sobre su obra (la cual ese mismo día fue botada a la basura por la encargada de la limpieza, una antigua crítica literaria y profesora universitaria). El autor, al saber que su gran obra desapareció y notar ante el espejo que dispone de una jeta de animador televisivo decide poner término a sus días encerrándose en su casa para escuchar mortal y reiteradamente los discos de una banda chilena de pop-pokemón.
Antes de concretar su propósito, una vecina ciega se enamorará de él...

Este maldito yo!

miércoles, abril 01, 2009

DIARIO DE UN TONTO EN PROGRESO




Diario de un tonto en progreso

CARTA DE NAVIDAD.


Hace unos años, con mi hermano Marcelo, nos encontrábamos en Providencia, un día 24 de diciembre (por la tarde, en medio de un calor idiotizante) y nuestra situación era que estábamos rayando con el descubrimiento de bandas como The Jesus & Mary Chain y Sonic Youth.


El punto es que cada uno de nosotros tenía 6 lucas. Sólo dios sabe que nos sentíamos millonarios con ese monto tan poco habitual para las arcas de nuestros agujereados bolsillos. Jurábamos que era haaaartaaaa plata, pero el mundo y su comercio se encargaron de desmentirnos...


Y bien, el caso es que teníamos que comprar regalos a nuestros padres. Seis lucas cada uno.

Eso no era nada, mi padre suponía que con eso además podíamos comprar regalos a nuestro hermano menor (el único ser en la tierra -que he visto- que puede comprar regalos de navidad a veintitrés personas con dos lucas y guardarse el vuelto. Ya te contaré un día de ese engendro del demonio).


Nosotros, con Marcelo, definitivamente no habíamos nacido con vocación de Papá Noel.

Más bien odiábamos al bendito vejestorio de barba blanca (aunque una vez nos bebimos una garrafa con viejo pascuero bastante freak que vimos en una galería comercial del centro). Teníamos la tarea esa de comprar los regalos, pero antes se nos ocurrió pasar por una disquería. Éramos unos críos bastante raros, así que por lo general nos ponían mala cara en las disquerías. Pero esa vez andábamos con plata, por lo que no nos podían echar tan fácilmente.

Entramos y después de babear con varios discos y sobre varios discos, decidimos comprar el Goo de los Sonic y el Psychocandy de los Jesus. Estábamosla mar de felices, y con una cara de bobo que sólo dios puede tener...


Pero a todo esto, después de unos minutos de arrobo y éxtasis, nos acordamos del deber de comprar regalos a nuestros padres (!).

Revisamos los bolsillos. 214 pesos estrujando las ropas de ambos. Luego de cachetearnos como "el gordo y el flaco" (en este caso no cuenta eso, pues con mi hermano, pesábamos como ochenta kilos sumando el peso de los dos), mi hermano, bastante más "proactivo" que yo (detesto a muerte la palabra"proactivo"), sacó una hoja y se dispuso a dibujar.

Nos sentamos sobre unas escalinatas en Providencia entre Lyon y Suecia.

Entonces, después de mirar cont error la fauna santiaguina (mujeres comprando guantes y piedras para frotarse los muslos, ejecutivos pidiendo a Santa Clos poder frotar los muslos de las mujeres, niñas cotizando silicona, viejas comprando placas dentales... y cantantes de pop (!).

Sí, aparecio Beto Cuevas de La ley. Iba con Clavería y se quedó mirando uno de los dibujos con pastel del pastel de mi hermano.

Mi hermano, entretanto, movido por un codazo de mi parte, aprovechó la situación e hizo una caricatura del Beto. El ridículo ese compró el dibujo por dos mil pesos. Entonces, gastamos luca y dos cientos en helados y con los ochocientos pesos restantes nos orientamos a comprar regalos para los viejucos...


Ni un dios podía dar con algo -que poblara las vitrinas de Providencia- que costara menos de una luca. Fundimos nuestra creatividad y compramos finalmente en una tienducha de objetos espeluznantes: un pañuelo blanco con la letra D bordada en hilo fucsia, y un florero de loza color burdeos con forma de pata (sí!!!, un florero-pie como esos que aparecen de fondo en los chistes de Condorito). Nosotros lo encontramos genial, así que llevamos las cosas (sin envoltorio) y volvimos a mirar nuestros discos embelesados e idiotas como siempre, y como era propio de una tarde de calor donde la gente se aprontaba a su única "noche buena".

Al llegar a casa reparamos en que los muy pelotudos no habíamos envuelto los regalos, así que mi hermano -negándose a gastar los últimos cien pesos que quedaban- dijo que podíamos envolverlo con "papel orgánico no-contaminante".

El pañuelo y el florero fueron entonces cubiertos con una mezcla de papel de diario y de papel higiénico (sé que para mucha gente ambos papeles se confunden, pero nosotros no lo sabíamos entonces). El papel fue salpicado con manchas de pintura fucsia y envueltos con un cáñamo que servía de cordones para mis zapatillas de hacer cimarra a la hora de gimnasia...


Después de cenar pavo relleno con galletas de la suerte (un invento que mezclaba el gusto de mi madre por las tradiciones y la obstinación de mi padre por dar consejos para el futuro), nos sentamos a abrir los regalos.

Marcelo y yo recibimos zapatillas que no coincidían para nada con las que pedíamos y maldijimos y puteamos al viejo pascuero; también palpamos un envoltorio de disco que terminó cubriendo el último lp de Debbie Gibson. Ignoro quién haya dicho a mi padre que a mí me gustaba Debbie (debe de haber sido el mismo quele dijo los años anteriores que me gustaba Tiffany, Roxette y Olivia Newton John).

Mis padres empezaron a gesticular como oraguntanes y preguntaron por sus regalos, por lo que con mi hermano trajimos a colación los envoltorios y se los pasamos.

Mi madre confundió el paquete con el de la carne que había comprado en la tarde y exclamó: -"¡ya cabros güevones, no saquen la carne del refri!"-, pero la convencimos de que se trataba del envoltorio de moda en una galería de arte que visitamos para buscar un regalo ad hoc a ella.

Mi padre empezó con sus problemas cardíacos al abrir su regalo y ver el pañuelo grisáceo con bordado fucsia, y espontáneamente -con cara de mirar al torturador de su madre- dijo: "¿y por qué demonios aparece acá una letra D?"-. Nosotros ni habíamos cachado eso, así que yo dije improvisadamente que nuestro papi era como un DDDDios para nosotros.


Mi padre me miró con ganas de sentenciame al infierno, pero luego calló.

Mi madre entretanto descubrió su regalo, admirando el finísimo envoltorio (y diciendo "creo que voy a reciclarlo"). Una vez abierto, SCHHHAAANNN!!!...


MI MADRE vio el florero de pata, y dijo con un puchero inmenso: ¿qué es esto????

Nosotros nos alzamos de hombros, y ella irrumpió en llanto.

No fue un llanto corto, fue larguísimo. Mi madre sollozaba y tartamudeando decía: ¡¿por qué!?

Mi padre no atinó sino a pasarle su recién estrenado pañuelo, mientras nos amenazaba con cortarnos la mesada, la lengua y el saludo...


Ya ves, sí, ¡el mundo es un pañuelo! El mundo es como un pañuelo gris que lleva la inscripción de un Dios mula, y que recibe las lágrimas de mi madre desconsolada por sus dos hijos.

Nosotros por esa hora todavía pensábamos que nuestra madre era muy sensible y que se había puesto la mar de emocionada por nuestro florero-pie-de-regalo...

Pero fue entonces que se puso a perseguirnos, pata en mano, para lanzarnos el florero en la cabeza... La pata alcanzó la cabeza de mi hermano que desde entonces resiente un fuerte daño neuronal por lo que mantiene una obstinación sexual por los pies...

martes, marzo 31, 2009

Diario de un tonto en progreso 2



***
Hoy, por la madrugada, salí del departamento y me encontré con una viejuja, la cual me asaltó con la siguiente pregunta:
-¿Usted, joven, saldría con paraguas?-
Me alcé de hombros.
Entonces, ella dijo: "sí, que sea lo que dios quiere"...
A tal blasfemia, sólo pude decir:
"pues según lo que he notado durante los últimos treinta años, dios está bien dormido... y mejor sería que siguiera así".
La señora se sacudió y me miró como si hubiera visto al diablo (es lo que de hecho hizo). Salió echando humo y maldiciendo...

Y ya que estamos con esas, la última vez que usé paraguas fue un día que llovía por la mañana y le pedí un paraguas a mi madre. Me gritó: "pero tú siempre pierdes todo, ni cagando te paso un paraguas!!!" (Es verdad y ya estaba también entonces perdiendo la paciencia).
Al final, me tiró por la crisma el único paraguas que supuestamente había. Un paraguas enorme, muy pesado (normalmente se habría necesitado tres o cuatro cargadores de la vega para levantarlo).
Me fui, salí a la calle, con mi paraguas de bolsillo de gigante, intenté abrirlo, pero estaba trabado. Me mojé un poco mientras tanto. La verdad es que me mojé entero mientras tanto. Cuando logré destrabarlo, ayudado con los dos brazos y una pierna pude ponérmelo sobre la sesera y entonces, cuando me disponía a celebrar que ya no me mojaría más, pasó un auto a toda pastilla al lado del charco-océano que estaba junto a mí y me mojó lo que quedaba por mojar e hizo que mi ropa interior tuviera que ser estrujada durante un mes entero para poder lavarla nuevamente... El punto es que avancé tres cuadras con el paraguas, que se movía (conmigo incluido) de un lado a otro. Creo que tiré al suelo a dos o tres transeúntes...cuando de pronto salió el sol. No era un sol piola, sino que un sol fulminante.
Por mi paraguas, ninguna de las veintidós personas que me rodeaba pudo ver el arco iris, así que me llovieron los improperios -y para eso no hay paraguas que valga-.

El punto es que esperé muy confiado en mi total pesimismo que volviera la lluvia y nada... el sol se salió con la suya y la temperatura empezó a subir y mi paraguas a caer sobre mi cabezota. Yo, que me había empecinado tanto en llevar y abrir el paraguas, seguí con él sobre mí, y entonces pasó una decena de agradables transeúntes mirándome con cara de marciano mientras yo hacía el tonto con paraguas (sin él, el papel al menos me es más natural), -"güena pus
Michael Jacksonnn!!- me gritaron (y es que Michael Jackson salía antes con paraguas a pleno sol para protegerse de que su cara no se fuera a caer a pedazos; en mi caso, la cara se me caía a pedazos de vergüenza y de lo único que hubiera querido protegerme es justamente de mi propia cara: supongo que dios nos da a los animales distintos medios de defensa contra el medio. Ignoro por qué se desquitó contra mí...), hasta que de pronto se cruzó conmigo una viejita acompañada con una niña de vestidito con vuelos y chapes que me sonrió muy educadamente.
Entonces, pensé yo (eso de que piense es excepcional, así que tengo que destacarlo): "¡al fin, alguien amable!, ¡Es que los niños son sinceros y son lo más valioso de la humanidad!...", luego, ceremoniosamente, la niña se volvió a la viejita y le dijo:
"agüela, ¿has visto tú qué quitasol más feo nos hemos cruzado? ¡Parecía con forma de mono cabezón!"...
Bueno, de ahí que no uso paraguas...


Este maldito yo!

domingo, marzo 29, 2009

DIARIO DE UN TONTO EN PROGRESO: el paraíso de un niño


Este maldito yo!


***
¡Ay, Dios! ¿Qué demonios decir de mi niñez? Partamos aclarando un detallito.

Ha habido poetas que les gusta embriagarse, y una vez embriagados, a partir de algún rancio destilado de nostalgia, hecho con mezcla de aguardiente y el agua de colonia inglesa, han hablado, artificial y delirantemente, de los “verdes paraísos infantiles”… ¿Paraíso? ¡Ja! ¡Qué tal! Ignoro, hasta ahora, qué carajos habrán vivido aquellos ilusos en sus tiernos años primeros (imagino: una madre muda, una nodriza prominente y sin destete; un bello y parricida complejo de Edipo, la recepción de suculentas herencias a una temprana edad, alguna tía ninfómana y pedofílica, cierre masivo de los colegios de la región, o algo por el estilo).

El punto es que mis fantásticos padres se encargaron de dejarme muy en claro cuál era su versión del “paraíso”. “El mall”. Sí, lee usted bien (no me crea: en realidad, ni tanto). El paraíso y la iglesia de mis beatíficos y adorables progenitores era el mall. ¡El ma-a-a-ll! (cómo pronunciarlo sin cara de bruto) Esa vidriosa catedral de curas mercachifles. Plena de pecados, aun sin dios ni ley.

Sea dicho de paso lo siguiente sobre esta original versión del “paraíso”: confrontado con el mall, el infierno de don Dante es sólo un parque de diversiones.

La cosa transcurría así: viernes: desde la tarde hasta el atontamiento, sábado a esa hora de la madrugada que otros llaman “mediodía” y el fomingo en su plenitud terrorífica, nos esperaba esa mole cuadrada y gigante de interiores vitrinescos, jingles homicidas, gentíos justificadores de los asesinos en serie y ¡liquidaciones! ¡Sí, li-qui-da-ciones! Eso era lo mejor, ¡¡la liquidación!! Ahí fue donde esbocé, pues, mi primera y única sonrisa de mall. Me había llegado a entusiasmar bastante con la idea de que nos acercáramos a la prometida “liquidación”, con la noble esperanza de que alguien, en heroica muestra de justicia, se determinara a liquidar a mis padres (¡!). No hubo caso.

Con estoica resignación, aprendí que las liquidaciones aludían más a embrutecer que a liquidar, o más a licuefacciones de cerebro que al aguar la fiesta de esos santos victimarios. En otro sentido, yo sería el más activo partidario de una liquidación masiva.

Así las cosas, pongámonos de acuerdo: ¡la esperanza es lo último que se pierde! Y aquí, de seguro, está el origen de todos los males.
Sí, mi queridísimo lector, los males todos: incluido el que yo siga insistiendo en escribir.

DIARIO DE UN TONTO EN PROGRESO: ¡El estado de Chile!


Este maldito yo!
Chile es, sobre todo, un país de respetuosa libertad de expresión. Veamos un botón de muestra. Mostrando delicadeza de selección.
Estoy en el cruce peatonal entre las calles Alameda y Portugal. Junto a mí, se pone una chica vestida de negro. Lleva un mohicano colorido de azul y verde en la cabeza. Un anciano se acerca y se queda mirando fijamente a la chica. Lado y lado. Se le acerca a la cara y le dice: “¡Dime!, ¿tu mami se metía el escobillón por la vagina?”.


miércoles, junio 13, 2007

MI UTOPÍA


En mi república ideal me propondré como modelo de conducta.
En consecuencia, todos despertarán cercano al mediodía.
Nadie trabajará o, en su defecto, se será experto en sacar la vuelta.
Cada cual asaltará algún refrigerador ajeno y engullirá a lo menos tres platos.

Se hará de la masturbación y del vaciamiento estomacal un rito lindante al fetichismo y al culto religioso.
Se harán las comunicaciones desde distancia y expresando siempre justo lo contrario de lo que se quiere y proyecta.
En los momentos de felicidad o plenitud cada ciudadano saldrá a dar un paseo con apariencia de satisfecho objeto de reciente lobotomía, se emplearán los basureros municipales, se palparán las flores y se sonreirá indistintamente a los bebés y a los perros desamparados, sin duda confundidos entre sí.

Regla será tropezar de tanto en tanto y pelearse con los automovilistas o los peatones, dependiendo sólo de cuál sea la situación contraria a la propia, la cual habrá que maldecir. Se creerá en la redención por medio de pagar una alta suma de dinero a algún psiquiatra de ocasión, mendigará uno a sus padres, se hará de la “pareja” un acólito o una carmelita; “perverso” se será “por dentro”.
A la vista quedarán sólo temblores irritantes. Se bostezará mucho.
Los sonrojos serán directamente proporcionales a la cuota de ateísmo que uno declare…

viernes, junio 08, 2007

invitación a brindar

FIESTAS DEL CONTACTO


¿Qué nos sugiere de pronto el gesto de brindar? Quizá se dispone a exponerse algo a alguien. Así pues, el rito del brindis promueve, entre quienes se dan al encuentro, la incitación a celebrar la realización de un deseo, a felicitarse mutuamente. Brindamos confianza, amistad, protección, entre otras riquezas. Las ofrecemos sencilla y llanamente. Brindamos apoyo, ayuda; inclusive tal vez, provisoria respuesta. Suspendemos un momento nuestras dudas recurrentes.

Sin embargo, nunca la disponibilidad es inmediata: una antigua versión explica ejemplarmente la genealogía del brindis por un acto de perfecta suspicacia. Se trataría de una práctica habitual en los acuerdos comerciales entre gobernantes de diversas tierras, en la época posterior a la caída del imperio romano, entre los godos. Para dar por finalizados los acuerdos de índole económica, los respectivos gobernantes repetían el gesto de entrechocar sus copas de vino, en consideración al uso de verter veneno homicida en los líquidos dispuestos para la víctima. En consecuencia, al entrechoque de copas, los contenidos saltaban fuera y se traspasaban de un recipiente a otro; confundiéndose, por tanto, los licores, En caso de incluir veneno, ambas partes se verían solidariamente implicadas. Se compartía entonces el peligro…

Por otra parte, algunos comentarios han propuesto en el brindis la referencia a una expresión gótica arcaica: (Ich) bring dir’s. Ella aludiría a una frase reiterada por los miembros de bandos lansquenetes –al servicio de Carlos V- que, después de saquear la ciudad de Roma, festejaron su victoria con comida y bebida, al mismo tiempo que chocaban sus copas de licor. Era entonces, cuando entre ellos reafirmaban la conquista de esa nueva propiedad imperial, para invocar fidelidad al gobernante: “Yo la traigo para ti” (decían en lengua gótica)…Algo se ofrecía con orgullo.

Alternativamente, se nos ha referido el origen del sonido nacido del contacto de las copas en una sensual convocación. Los antiguos romanos, quienes acostumbraban a llevar a cabo fastuosos convites, en los cuales la bebida se consumía y derrochaba en medio de un aura de gozo y premura, recomendaban que el placer implicara la satisfacción de los diversos sentidos corporales sin dejar nada por colmar. Una plena saciedad era la madre del júbilo latino y requería para el goce acabado del vino: que el aroma conquistara el medio del olfato; el gustoso sabor, el paladar; también, que el contacto y la textura de agradable suavidad fueran en provecho del contacto de la lengua; que sazonara a la vista, el lujo del translúcido recipiente y el color intenso de tan preciado brebaje; destacando finalmente la beldad corpórea de ese líquido divino. Pero faltaba entonces una forma de congraciar y celebrar al oído. Fue así que los romanos inventaron la inclusión del tono dado por las copas al chocarse sutilmente unas a otras, deviniendo ese rito una fina y conmovedora nota asociada a la humana complicidad que es propia de la fiesta.

Espontánea afirmación, compartido orgullo, dádiva exquisita y simultánea celebración de sí. Todo a la manera de una sensual complicidad con la vida, asumiendo la solidaridad en los peligros y los júbilos humanos: es eso lo que ofrece el brindarse en las imágenes acá señaladas. Disposición a la abundancia, al rebosar y ofrendar hasta implicarse cabalmente en lo ofrecido, como imagen natural de aquello que se disfruta siempre al darse; lo cual se afirma cada vez que se rebasa, de manera máximamente intensa y plenamente instantánea.
Es eso lo que irradia y descubre la voluptuosidad.

viernes, junio 01, 2007

de vuelta en mi biografía biodegradable...

Siempre quise ser atractivo para todas las mujeres; en parte, lo he logrado, atraigo siempre a damas de colecta y vendedoras de pompas fúnebres…

Metafísicamente, se me podría definir como “ser excusa-causa-de-si”…

Pese a las derrotas, soy un ser provisto de esperanzas. Siempre espero de los espejos que mientan

Creo que juega en mi contra que siempre lo extraordinario se define justo por todo lo que yo no soy…

Mi escepticismo se resume en la siguiente observación: “me pregunto cuándo fue el día en que Dios dejó de creer en mí”…

Después de treinta y dos cumpleaños, terminé por ser la piñata de mi mismo…

“Ama a tu prójimo”…siempre le susurro eso a mi vecina…

“Madre hay una sola”, es decir, que no queda alternativa…

En cuanto a fantasía sexual, jamás he conocido a una mujer que no quiera lo mismo que yo, sólo que sin que esté presente yo…

No me vengas con cosas…
Si la belleza estuviera por dentro, los estetas serían proctólogos… (Donjuanes)

Soy demiurgo de todos mis defectos…

Me propuso “y vive cada día como el último” y le dije: “…pero es que a mí me pagan el primero de cada mes”…

De niño soñaba con descubrir los secretos de la vida…quería ser ginecólogo…

Sufro de histeria e insomnio: me cuesta conciliar el sueño…con el mundo…

martes, octubre 31, 2006

comentario de libros 9


MICHEL ONFRAY
Cinismos.
Retrato de los filósofos llamados perros.

Título original: Cynismes. Portrait du philosophe en chien (1990)
Versión leída: Cinismos. Retrato de los filósofos llamados “perros”, Paidós, 2002, traducción al español de Alcira Bixio, 236 páginas.
R-E

1 Michel Onfray es un filósofo y ensayista poco conocido en Chile. [Razón por la cual procedo a presentarlo escuetamente aquí.] Nació en Argentan, Francia, el 1 de enero del año 1959 en el seno de una familia de agricultores normandos (su origen campesino quizá influyó después en su excepcional capacidad para apreciar el esplendor de la materia, al mismo tiempo que para sublevarse a cualquier tipo de empobrecimiento ético de orden capitalista, burgués o patriarcal). Actualmente, en 2006, es ya autor de numerosas obras, un filósofo entusiasta y prolífico de cuarenta y siete años, cuyos libros son traducidos a diversos idiomas, además de ser muy leídos y comentados. Doctor en filosofía, enseñó esta materia en el Lycée de Caen (una escuela técnica de provincia) desde 1983 al 2002. Sin embargo, de acuerdo a su experiencia, la educación francesa, en general, entonces enseñaba sólo la historia oficial de la filosofía y no a aprender a filosofar. En consecuencia, dimite en el año 2002 y crea luego la Universidad Popular de Caen (escuela transdisciplinaria abierta a un público heterogéneo y a temas interesantes y olvidados), posteriormente escribe en 2004 su respectivo manifiesto (Communauté philosophique), el que contribuyó al pronto éxito del proyecto. Él considera, en efecto, que no hay filosofía sin psicoanálisis ni sociología, sin crítica política o artística ni ciencias. Un filósofo –según él- ha de pensar en función de las diversas herramientas de que se dispone; si no, piensa en abstracto, fuera de la realidad. Sus escritos celebran sobre todo la estética, la libertad, el hedonismo, la sensualidad, lo lúdico, el ateísmo, y la figura del filósofo-artista, quien propone especialmente un singular modo de vivir (exhortando a otras singularidades a llevar a cabo libremente su desarrollo), a la manera de los pensadores griegos que celebran la autonomía en cuanto al pensamiento y a la vida. Su ateísmo, por lo demás, es sin concesiones, por lo cual expone que las religiones son indiferentes e indefendibles, perjudiciales herramientas de soberanía y, en suma, un trato hipócrita con la realidad. Forma parte de una línea de intelectuales próximos a la llamada “corriente individualista libertaria”, intentando además entroncar con la tradición de los antiguos filósofos cínicos y epicúreos, y asociando filosofía y arte de vivir.

2 Cinismos es su tercer libro y data de 1990. Contiene, por cierto, diversas peculiaridades dignas de destacarse. Se trata de una obra que expone un modo de presentar un pensamiento vivaz y singular, sugerente e incitantemente, más allá de las fechas y los datos objetivos. Implica así sobre todo una manera de entender la filosofía, la que el mismo Onfray reconoce propia de la más exquisita antigüedad clásica; o sea, su ejercicio como invitación a llevar a cabo un estilo de vida, o lo que Kierkegaard llamaba “una estética de la existencia”.

3 El libro comienza con un epígrafe que predispone al excitante tono del ensayo. Es una cita de quien ha sido, sin duda, el autor más influyente y aludido en el conjunto de la obra de Onfray, Friedrich Nietzsche. Sus líneas corresponden a un fragmento de Ecce Homo, en el cual se afirma: “El cinismo es “lo más elevado que puede alcanzarse en la tierra; para conquistarlo hacen falta los puños más audaces y los dedos más delicados”
[Otro dato llamativo es que la obra está dedicada a Marie-Claude Ruel, entonces compañera del autor (de quien ignoro si es actualmente su pareja…por otra parte, si la aludida corresponde a la mujer que aparece registrada en la Internet -específicamente en Google-, se trata de una profesional que forma parte de una caja financiera -Caisse populaire Desjardins de Lévis- en Canadá)].

4 Este libro, cuya característica principal sea tal vez su cariz entusiasta, lúdico y efervescente, comienza con un peculiar Prefacio (páginas 11 a 29) que lleva por subtítulo La filosofía, el maestro y la vida. En él, Onfray rinde un delicado y cálido homenaje a quien fue su antiguo profesor de filosofía antigua, Lucien Jerphagnon, como muestra de sincera gratitud, y aprovecha la instancia para ofrecer, con el relato de una auténtica y vívida experiencia (recurso que, quizá apreciablemente, suele formar parte de los ensayos del autor), un modo de concebir la filosofía y su forma de enseñarla. En este Prefacio, en efecto, Onfray parte por describir el entusiasmo y la afición que despertaron en él las lecciones de su maestro a partir de la filosofía de Lucrecio y de Plotino, autores entre sí muy distintos, pero que justamente por eso sirven para dar cuenta del mérito singular del docente, quien sobre todo hace accesible un pensamiento [de ahí que Onfray, al referirse a las clases de su maestro, sostiene: “Lucrecio se transformaba en un contemporáneo, y sus palabras parecían salir como un eco y encontrar su actualidad en un lenguaje completamente moderno y cotidiano” (p. 17)] e incita a una aventura que cada cual habrá de completar por sí mismo. En consecuencia, el autor destaca la importancia de la relación fundamental entre maestro y discípulo –algo que excede sin duda las aulas y anfiteatros- y la describe a partir de “esa extraña paradoja que consiste en que un maestro pueda enseñar a su discípulo a desprenderse de él, a librarse de él lo más pronto posible” (p. 15); así, en definitiva, se celebra a un “maestro de libertad al mismo tiempo que maestro de sabiduría” (p. 15). Por otro lado, para Onfray, al faltar esa relación fundamental no es posible la propedéutica y la distancia, el diálogo y la separación, que exige toda enseñanza de una práctica filosófica. En tal sentido, “toda la antigüedad conoció esa relación específica sin la cual no hay sabiduría práctica. Por esto, hasta los lugares se asocian a los maestros, y así es como recordamos la Academia (de Platón), el Liceo (de Aristóteles), el Pórtico (de Zenón) y el Jardín (de Epicuro). Además, existían las relaciones epistolares que remediaban la falta de proximidad. Con este espíritu, Séneca le escribió ciento veinticuatro cartas a Lucilio, cartas en las que le prodiga consejos, hace observaciones, da respuesta a cuestiones precisas o comenta algún detalle de la vida cotidiana. La relación entre maestro y discípulo le permite al filósofo especificar los ejercicios y proponer los métodos apropiados: el discípulo le permite al filósofo especificar los ejercicios y proponer los métodos apropiados: el discípulo recibe una enseñanza particular en la que cada momento de su evolución encuentra su justo lugar” (p. 16). De esa manera, “el ejercicio filosófico de estilo antiguo propone también la más refinada reducción de la intersubjetividad: un maestro y un discípulo que en común simpatía practican la amistad como un argumento pedagógico” (p. 16). A esto, Onfray opone lo gregario o masivo del espectro institucional, ecuménico y pastoral, aglutinador y universitario, donde abunda toda clase de inhibición y gravedad, al señalar que, generalmente, “en la universidad, ningún profesor tenía esa preocupación pagana por la construcción de uno mismo: se trataba simplemente de analizar la evolución de un concepto entre dos fechas, de hacer trabajar la memoria, pero sobre todo de no apelar a la inteligencia. A veces eran ejercicios de iniciación: había entonces que relacionar una idea con el pasado para determinar fuentes y encontrar raíces, o con el futuro, para extrapolar influencias o hacer pronósticos” (p. 14). Tal actitud tiene como resultado, según Onfray, olvidar lo indispensable y propio de la filosofía antigua, pues ésta “se distingue de todas las que la siguieron en que propone ejercicios espirituales con el objetivo de producir una transformación en la naturaleza del sujeto que las practica” (p. 15). Esta consideración lleva al autor a aseverar: “pronto advertí que con el fin de la filosofía antigua desaparecía una manera característica de practicar la disciplina…” (p.14).

5 En cuanto a este punto, el filósofo normando concluye: “De mi viejo profesor aprendí entonces la libertad de espíritu y la independencia, el gusto por una filosofía práctica y concreta…” (p. 29). Ahora bien, el punto es que, en mi opinión, ya en el Prefacio este libro muestra lo que esta insigne obra enseña principalmente: un modo de transmitir lo vivo de un antiguo pensamiento. Sorprendentemente, basta la lectura de esta parte inicial para que el libro resulte estimulante…

6 Cinismos contiene los siguientes capítulos: Incipit Comedia; Emblemas del perro; Retratos con barba y otras pilosidades; La virtud del pez masturbador; El voluntarismo estético; Principios para una ética lúdica; Los juegos del filósofo-artista; Metodología del flatómano; Estrategias subversivas; Breve teoría del escándalo; Las fiestas del monedero falso; Gemonías para dioses y amos; Exégesis de tres lugares comunes; Conclusión y un Apéndice titulado Fragmentos de cinismo vulgar. En cuanto a los títulos mismos, me parece que resuena en ellos la temperatura y la dureza de Nietzsche, y sobre todo pienso en títulos ubicables en Más allá del bien y del mal y Así habló Zaratrusta; así, como ejemplos: De los prejuicios de los filósofos; El espíritu libre; ¿Qué es aristocrático?; El viajero; La picadura de la víbora; La sanguijuela; El más feo de los hombres; El mendigo voluntario; La fiesta del asno y Del hombre superior, entre otros. En general, se trazan en ellos conexiones entre hitos directrices como: voluntad, metodología, ética, la figura del filósofo-artista, la subversión y la ética. Se trata, pues, de títulos duros, disyuntivos, contra-ofensivos, llamados a sonar escandalosos o apologéticos y orientados a ser seductores o irritantes. Al respecto, esto también parece ser un fruto del ejemplo del antiguo maestro, según el mismo Onfray lo sugiere una anécdota narrada brevemente en el Prefacio: “En el inicio del curso sobre Lucrecio mi viejo maestro tomó sabiamente la decisión de agradecer a los que vendrían a verlo, y de agradecer más vivamente aún a aquellos que harían economía de visitas y de relaciones. Esta “puesta a distancia” tenía la intención de solidificar las veleidades, endurecer las tentaciones” (p. 17). Tal parece ser un recurso aplicado además a la escritura. Son el juego irónico y el páthos de distancia las primeras formas que despuntan en el estilo de Onfray.

7 El título de la introducción a la obra, Incipit Comedia (pp. 31-34), se caracteriza por la propuesta de distinción entre un cinismo vulgar (hipócrita, frío y solipsista) y un cinismo filosófico, que Onfray describe como “una gaya ciencia, un alegre saber insolente y una sabiduría práctica eficaz” (p. 32), un arte “de hacer caer una tras otra las máscaras de la vida civilizada y de oponer a la hipocresía en boga las costumbres feroces e indómitas del perro vagabundo y sin amo” (p. 32). Por lo demás, el autor sostiene que el mejor remedio contra el cinismo vulgar es precisamente el cinismo filosófico (en el que se cuentan principalmente: Antístenes, Diógenes, Crates y Hiparquia), por lo que aquí se exhorta a la aparición de nuevos cínicos en este sentido, a quienes “correspondería la tarea de arrancar las máscaras, de denunciar las supercherías, de destruir las mitologías y de hacer estallar en mil pedazos los bovarismos generados y luego amparados por la sociedad” (p. 32). Ahora bien, el carácter de cómico del ejercicio cínico estribaría en que se desmarca de la gravedad idealizada y considera “la ética como una modalidad del estilo, proyectando la esencia de éste en una existencia que se vuelve lúdica” (p. 33). En el capítulo primero, Emblemas del perro (pp. 35-43), el autor expone los diversos e hipotéticos significados del “perro” (kynós), signo que se asocia al filósofo cínico. El nombre, atribuido en un comienzo con propósito infamante, es apropiado por el cínico, quien además trueca su sentido y lo convierte en un emblema. Justamente, el perro caza, vigila y protege; en él, “ladrar y morder son modos de llamar la atención sobre la dirección que conviene seguir, de mostrar el camino que recorrer” (p. 42). Retratos con barba y otras pilosidades (45-54), el segundo capítulo, subraya el cariz excepcional de la apariencia del cínico: total falta de afeites, escandalosa sencillez, austera independencia, franca dureza en la expresión, propenso a la reveladora interrupción en público. Se desprende de esa presencia, en efecto, una ausencia de pudor e inhibición, “una voluntad de hacerse salvaje” (p. 49). Luego, el capítulo titulado juguetonamente La virtud del pez masturbador (pp. 55-67) desarrolla las diferentes especies del bestiario ligado al filósofo cínico (el perro sabueso, la rata hurgadora y saciada, el pez que satisface él mismo su excitación, el resistente batracio, las cigüeñas, los corzos y las liebres de carácter nómada, el ave que requiere amplios espacios de libertad). Tales son, para el cínico, maestros naturales de simplicidad, insumisión y contento. El cuarto capítulo, El voluntarismo estético (pp. 69-80), sostiene que “filósofo es aquel que, en la sencillez y hasta en la indigencia, introduce el pensamiento en su vida y da vida a su pensamiento” (p. 69). De tal manera, el retrato de Diógenes de Sínope fue siempre consecuente respecto a esa concepción: “Llevaba el tipo de vida que había caracterizado a Hércules, quien elevaba la libertad por encima de cualquier otra cosa” (p. 78). El quinto capítulo, Principios para una ética lúdica (pp. 81-88), alude a la expresión franca del cinismo en lo que tiene de terapia. En ese marco, el filósofo-actor expone a todo espectador al juego. Este último es una farmacopea, una medicina, y “la única poción que vale, la que ataca las verdaderas afecciones, sólo se puede administrar a través del juego, como si éste fuera un excipiente demasiado amargo…” (p. 83). En cada irrupción pública del gesto y el discurso de carácter cínico, “el cínico revela a sus pacientes las dolencias que sufren” (p. 84). Así, por ejemplo, “Diógenes detesta más que nada a los hombres que contribuyen con ardor y determinación a su propia alienación y se abandonan al azar y la suerte con la mayor de las pasividades” (p. 85). Se trata de un juego agónico, de combate, con los temores y las inhibiciones que cada cual padece. En esa operación, según parece mostrar el cinismo, “uno soporta los infortunios despreciándolos; cuando los abordamos diligentemente nada pueden hacer contra nosotros, pero si les rehuimos, si retrocedemos ante ellos, tenemos inmediatamente la impresión de que son más poderosos y más temibles” (p. 88). A continuación, en Los juegos del filósofo-artista (pp. 89-95) Onfray destaca: “a diferencia de una ética preventiva que subordinaría la acción a una teoría pura y la haría proceder de ésta, la ética cínica confunde la voluntad y el instante, confiando plenamente en la inventiva y contando con el entusiasmo, término cuya etimología expresa la proximidad con el transporte divino. Diógenes y sus compadres (o comadres: no olvidemos a Hiparquia) dan nueva dirección a sus creaciones, sin preocuparse por seguir un programa, lo que estorbaría la espontaneidad: la ética de los cínicos es poética, por cuando expone la carga creativa que la invade” (p. 90). En Metodología del flatómano (pp. 97-106), se pone en relieve que “por las necesidades de la cusa filosófica y porque el lenguaje es a ves impotente, los cínicos se convierten en inventores de nuevas metodologías” (p. 102). Tal es el motivo por el cual hacen uso del gesto que opone lo real a lo simbólico de las palabras. Posteriormente, en Estrategias subversivas (pp. 107-121), el autor complementa la referencia a las armas del combate cínico con recursos como: la ironía, la paradoja y un nominalismo a ultranza que raya en el humor.

8 En el noveno capítulo, Breve teoría del escándalo (pp. 123-139), Onfray explica las estrategias cínicas a partir del cometido de una perspectiva que se opone metódicamente al malestar que procuran varios de los usos de la civilización, al ser demasiado idealistas y desnaturalizados. Conforme a esto, “el cínico quiere hacer estallar las estructuras culturales caducas en nombre de lo que, desde un punto de vista nietzscheano, podría llamarse una supercultura definida como una civilización más exigente y más rigurosa en el sentido de la liberación de las necesidades naturales” (p. 139). Luego, en el décimo capítulo, Las fiestas del monedero falso (pp. 141-152), se sostiene un programa de ética sin prohibición, orientada a una transmutación de los valores. El libro continúa con Gemonías para dioses y amos (pp. 153-171), décimo primer capítulo, en el cual se acentúa el rechazo cínico a todo elemento heterónomo, supersticioso y jerárquico en la organización social (lo que abarca, sin duda, religión y política) y se asevera que para el cinismo “el repudio de la ley religiosa tiene su paralelo en una crítica de la ley civil y en una legendaria insolencia ante los hombres de poder” (p. 153). Finalmente, el decimosegundo y último capítulo, Exégesis de tres lugares comunes (pp. 173-194), analiza despiadadamente los ideales de: trabajo, familia y patria. Ahora bien, al oponerse a este triple ideal social, antiguo encubridor de la domesticación del individuo, el cínico hace la vívida y ferviente apología de la libertad, la independencia, el desapego, la singularidad y la autonomía. Se incita, pues, a crearse un espacio vasto, una amplitud de miras, una visión de altura y un temple fuerte, aristocrático y distante, es decir, un estilo de vida y de pensamiento directamente opuesto a la comodidad de los lugares comunes. Tal objetivo ligado al cinismo pone en evidencia, para Onfray, que la filosofía se concibe como una práctica y una ascesis, nunca colectiva, sino individual. Se trata de una construcción poética de sí mismo y no de una ideología. Por lo tanto, es algo que apela a lo singular y no a lo masivo, “sólo unos pocos serán captados, los demás seguirán su vida desordenada y mezquina” (p. 193).

9 Luego, en la breve Conclusión (pp. 195-198), Onfray, en retrospectiva, formula la siguiente pregunta: “¿Qué nos conviene rescatar de este viaje a la antigua Grecia?”. En ese marco, se nos invita a la cuestión radical de su libro: -¿qué significa “convertirse en cínico”?-. Tal interrogante, una vez que ha sido actualizada, conduce de por sí a la más espontánea e irónica cuestión “…Para ser cínico, ¿acaso es necesario convertirse en onanista y caníbal, exhibicionista e incestuoso?” (Comportamientos practicados, en su tiempo, por uno u otro de los antiguos cínicos mencionados a lo largo del libro). La respuesta no se hace esperar y es el punto nuclear de la conclusión: eso sería, por cierto, malentender una vez más lo que es una propuesta filosófica. No se trata, pues, de un culto, una ortodoxia o un haz de prescripciones. “Convertirse a una filosofía” no significa “seguir al pie de la letra” un modelo (lo que ya involucraría la abstención de un pensamiento singular y un estilo propio). Eso es quizá a lo que apela una simplificación ideológica, pero lo que aquí sugiere el autor es que al imitar al modelo, uno no realiza la condición de cínico, precisamente porque “convertirse a una filosofía” implica atenderla y transfigurarla en una experiencia singular. Más aun, la filosofía cínica invita sobre todo a la libertad de un pensamiento que se lleva a cabo efectivamente en un estilo autónomo de vida. De ahí que el libro proponga, en suma, el cinismo filosófico como remedio o antídoto contra lo masivo y la mediocridad.

10 El libro termina por incluir un Apéndice cuyo título es Fragmentos de cinismo vulgar (pp. 199-219). Además, se complementa con una Bibliografía comentada, que hace especial referencia a los libros: Les Cyniques grecs: Fragments et témoignages de Léonce Paquet; Antistène de Charles Chappuis; L’ascèse cynique de Marie-Odile Goulet-Cazé; Rationalité et cynisme de Jacques Bouveresse y Critique de la raison cynique de Peter Sloterdijk, además del artículo “Des paradoxes à la philodoxie” (en L’Âne, 1989, II, pp. 44-45). (pp. 221-225) y una Bibliografía general, que registra los libros citados en la obra por capítulos y orden de aparición (pp. 227-236).

11 En suma, este libro de Michel Onfray es quizá una lúdica y entusiasta invitación a realizar, a partir de la lectura y más allá de ella, la reactualización de una filosofía.

jueves, octubre 19, 2006

Comentario de libros 8



DARIAN LEADER (con ilustraciones de JUDITH GROVES)
Lacan para principiantes.

Título original: Lacan for beginners (Icon books, 1995)
Versión leída: Lacan para principiantes, Era Naciente SRL, 2000, traducción al español de Leandro Wolfson bajo supervisión de Silvia Elena Tendlarz, 175 páginas.
R-E

1 En este breve y entretenido libro Darian Leader, quien es psicoanalista y docente en Londres y Leeds, lleva a cabo de gran manera una tarea propedéutica en extremo difícil: presentar un resumen de los hitos fundamentales del pensamiento de Jacques Lacan. En relación a esta tarea, destaca sobre todo el problema de cómo compendiar bajo conceptos un pensamiento característicamente vivo, pragmático y en prueba, a la vez que toca, al respecto, enfrentar el dilema de cómo sintetizar conceptos en constante reformulación y reforma. Sin embargo, creo que Leader lo logra de manera precisa, elegante y clara. El libro justamente señala hitos y traza sutilmente un mapa que sin mayores pretensiones permite seguir a gusto la orientación y motivación del pensamiento de Lacan. Una fina entrada e invitación.

2 El libro mantiene el título de una colección de obras dirigida para principiantes, es decir, a favor de quienes inician un recorrido –indicándoles un principio posible- (quizá incitándolos a proseguir el camino de manera singular). Así en 170 páginas que contienen además sugerentes o explicativas ilustraciones (hechas por la pintora y diseñadora Judy Groves) se condensa una exposición seria y divertida (lo cual nos recuerda, felizmente, que lo preciso no tiene por qué no ser divertido o atractivo).

3 La obra, por cierto, comienza con la indicación de datos básicos, como la fecha de nacimiento de Jacques Marie Emile Lacan (el 13 de abril de 1901) y finaliza con la mención a la fecha de muerte (el 9 de septiembre de 1982) –a lo que sigue un comentario alusivo a la posterior y progresiva actividad de asociaciones psicoanalíticas de orientación lacaniana en distintas partes del mundo-, pero entre tales datas lo que se despliega es la novedosa dirección del pensamiento de Lacan, descrita a partir de conceptos de los que se sirvió y la interrelación entre ellos, además de algunos datos básicos de su experiencia y de su singular dedicación. Entre los contenidos se encuentran: algunos antecedentes de la formación intelectual de Lacan (sus estudios e interés por los esquemas de pensamiento y afecto (por ejemplo, su admiración por el esquema de la Ética de Spinoza); su trato con algunos surrealistas desde 1918, algunas influencias intelectuales, sus comienzos en Psiquiatría y la tematización temprana de la estructura psicótica (referida a la paranoia de auto-castigo) desde su tesis doctoral –sobre el caso Aimée- (presentada en 1932). Posteriormente pasa al tratamiento de la identificación del sujeto y ciertos conceptos como: imagen, ideal, el yo (Moi) que se identifica y la llamada etapa del espejo. En lo relativo a este “estadio”, Lacan sostiene que se trata de hallar la solución a la siguiente pregunta de Freud: “si el Yo es sede del narcisismo y éste no existe desde el comienzo de la vida, ¿qué debe pasar para que emerja?”. A esto, el psicoanalista francés indica que el Yo (Moi) se constituye por una paradójica identificación alienante, basada en que inicialmente el cuerpo y el sistema nervioso –sede de la afectividad- son incompletos, imparciales-. Así, el infante es cautivado y determinado por una imagen. Por tal operación, proyecta en sí (en eso que apunta como Yo) algo que no es (para coordinarse y consolidarse), a fin de investirse de integración e integridad. Es lo que Lacan llama carácter ficticio de coherencia y completud, cuya práctica protección de la identificación (eso-esto-Yo: C’est Moi) se asienta sobre una especie de operación “narcisista”, apariencia o simulacro que esconde una falta en su fondo, en su base. Por lo demás, todo aprendizaje mimético requiere un dar lugar a algo nuevo, y para eso se precisa la mediación de una operación especulativa identificatoria-y-alienante que a partir de la falta primordial da lugar a un nuevo contenido posible. Tomar la posición auto-referente de un Yo que se determina, se reconoce y se admira en lo Otro es el efecto pasajero de la operación narcisista.

4 Ahora bien, el deíctico “Yo” y las diversas palabras que suelen identificar a alguien: los llamados “nombres propios”, los pronombres (personales como posesivos), las palabras que indican las cualidades características de alguien, incluso las que conforman declaraciones íntimas, corresponden a lo que Lacan llamó “significantes”. El significante, pues, refiere a lo material de la palabra, lo que describió –siguiendo a Saussure- como la “imagen acústica”, lo que personalmente considero más como la referencia sígnica inmediata (que le concede una posición material a lo significante). Por otro lado, en cada palabra o signo hay un significado (lo significado), que para Lacan es un concepto o idea (de carácter prototípico). En este sentido, él no otorgó jamás, como solía hacerse, una prioridad al significado sobre el significante –al espíritu sobre la letra o el signo- para la comunicación humana y más aun advirtió que no existía una correlación transparente entre uno y otro. Entre el significado y el significante hay una barrera, una resistencia. En relación a esto, Lacan sostuvo que una palabra no revela simplemente su sentido o significado, sino más bien porta un material incontrolable que conduce sin más a otras palabras (con alusión entre sí como en cadena o secuencia), tal como un gesto puede llevar espontáneamente a otros gestos (más que referir de inmediato a un significado claro). Hay así para el significante una no-dependencia, una autonomía. De ahí la independencia de los significantes. Esto es lo que demuestran tan bien los diccionarios, los juegos de palabras, las confusiones de palabras, las asociaciones libres (como también la pantomima con sus gestos ambivalentes). Los significantes se interpelan o reflejan entre sí, causando efectos que nos son inadvertidos la mayoría de las veces; cada cual toma posición en complejas secuencias (sistemas de diferencias que conforman estructuras), en las que tiene su origen todo discurso, que es básica o primordialmente un discurrir irrestricto de significantes al cual se intenta violentar o contraer para dar cierto sentido. El sentido cierto parte, pues, por forzar el flujo espontáneo de palabras (o mejor aun, el curso-psíquico de significantes que evocan y provocan efectos de modo incontrolable).

5 El sentido cierto o correcto nace de acallar un polimórfico juego de espejos e indicios. Las palabras generan significados que trascienden la comprensión de quienes las usan (y decir con palabras equivale a indicar algo más que lo que se cree o se quiere). Lo que uno quiere decir y lo que dicen las palabras no coinciden (así, lo indicado o dicho no se agota en el sentido consciente). De ahí que en la vida diaria haya tantos malentendidos. Para Lacan los significantes forman redes a las que tenemos escaso acceso consciente pero que afectan nuestra vida en su totalidad. Organizan –por significaciones- un medio ambiente de posiciones nominales o simbólicas (dentro de una estructura), un “mundo” u orden cuya trama misma es simbólica. Es el orden o registro de lo simbólico (el que nos otorga un variable status social y cultural). A cada imagen (atribuida) la definen ordenaciones de significantes. Tal status es el precio de entrar en este orden por el cual uno accede a tener un lugar, una posición, un nombre singular desde el cual comunicar (y comunicarse). Los significantes, en consecuencia, son pronunciamientos simbólicos, pues sitúan a cada sujeto de enunciados –de palabras- en un universo simbólico. Se está ligado a una imagen por nombres, definido por palabras, por signos y representaciones de carácter lingüístico. La identidad de cada cual, desde que se es infante –sin habla- depende de cómo se asuma las palabras que se le atribuyen. Esa identidad es en efecto posible al ser simbólica. El orden de lo simbólico es su requisito, su marco, su ámbito ineludible (por el uso mismo del lenguaje).

6 Por lo demás, la puesta en cuestión de la identificación –operación por la que me identifico (indicándome) como Yo- lleva a advertir que ésta va más allá del ser cautivo de una imagen y de una proyección de ésta. Hay, pues, previamente una identificación con una posición en una red de símbolos. Es la identificación simbólica acotada con elementos significantes. La operación narcisista, en consecuencia, incluye algo pre-consciente e in-controlado. Hay una mediación que sirve de base o soporte respecto a la falta: señales simbólicas, signos, que bosquejan las posibilidades del sujeto que es enunciado a partir de esa red primordial u originaria. Cada sujeto parte de una red desde la cual y en la cual se moviliza. Lleva un nombre, datos, antecedentes, herencias, ámbitos sociales, a lo cual no se escapa sino que se reacciona. Se está entre las imágenes que alienan y la estrecha red que soporta. Cabe advertir acá que el lugar en la red (sugerido por palabras, gestos, calificaciones varias) es lo único que permite referir a un origen –señalado con significantes elementos lingüísticos- las continuas identificaciones imaginarias. La afirmación “…pero tú no eres así, porque has sido…” describe un conflicto insoslayable. El Yo justamente dice una relación respecto a ese conflicto. Se es reconocido desde fuera y Yo no puedo ser simplemente como me plazca. La identificación –pese a su variabilidad- no está del todo bajo mi control. Me reconoce la mirada de Otro (también es Otro el que configura o bosqueja el Yo). Quizá además cuenta que el remanente inconsciente no se engaña (de ahí las asociaciones imprevisibles e incontrolables). Imposible defraudar sin restricción las bases de nuestra identificación. Así, la clave de la teoría de la identificación es que la red simbólica evita que el sujeto quede totalmente a merced de las imágenes –las únicas posibilidades de “verse íntegramente”- que lo han capturado. En tal sentido, esa mirada que proyecta un posible reconocimiento para el Yo es un elemento ideal. Es de lo que Lacan quiere dar cuenta con la distinción entre el Yo-ideal y el ideal-del-Yo (cuando ideal no es algo ejemplar o un modelo, sino el punto del cual se es objeto de mirada –eîdos-). El Yo-ideal es la imagen (del orden imaginario) que se asume -o se quiere asumir-, mientras el Ideal del Yo (que llamaría mejor “Ideal-para-el-Yo”) es la red simbólica que da a cada sujeto su sitio o posición y le indica el punto desde el cual va siendo mirado por los demás. Al parecer el sujeto está constantemente desgarrado por el fallido intento de hacer coincidir las diversas miradas que trazan el Yo.

7 Conviene destacar aquí que para Lacan el reconocimiento del sujeto –previo a sus intentos de cambiar su identificación- implica fundamentalmente el reconocimiento de su deseo. Tal operación requiere de Otro (A: Autre –en francés-), un lugar desde el cual se configura. Este Otro –o Alter- es descrito como la posición del lenguaje, exterior y al mismo tiempo interior al hablante. Esto porque se distingue entre lenguaje (Langue) y palabra (Parole) –o código y habla-, pues el primero es una estructura abstracta basada en un sistema formal de diferencias, y el segundo es una operación, un acto (ejecutivo, en cuanto performance) que exige un agente-enunciante y un receptor que recibe la señal. Al respecto, Lacan pone de relieve que ya que el lenguaje-código de significación pertenece al Orden de lo simbólico, el reconocimiento está mediado necesariamente por tal orden o registro. El deseo (désir) indica el incesante conflicto de la identificación y es caracterizado precisamente, al decirse, por su resistencia a lo simbólico, a lo que llega a decirse. Es lo que choca con el intento de autodeterminación, lo irreductible en relación a la asunción de la red simbólica, lo que queda fuera de él, como resto o remanente, el elemento de conflicto que persiste más allá de las imágenes y del lenguaje.

8 Acá es donde entra en juego una parte de la “realidad” que escapa a las palabras y a las imágenes de totalidad (es decir, a lo simbólico y a lo imaginario); algo que fragmenta esa misma “realidad”, que la horada y que deja de pronto al descubierto la falta de sentido y de identificación acabada, el hiato entre la imagen y el nombre. Se trata de lo que Lacan llamó lo real, que incluye lo que desintegra la imagen y escapa a la simbolización. Por consiguiente, lo real –en gran medida des-idealizado- es lo excluido del sentido, lo que queda al margen, fuera de “la realidad” explorable y consciente, hasta que irrumpe en la revelación del sin sentido. Lo que comúnmente llamamos “realidad” abarca sólo una amalgama de lo simbólico y lo imaginario (que concede plenitud, totalidad o integridad a las imágenes). Es la realidad un espacio o conjunto –algo adornado con sentido-: imaginario, ya que estamos en ella situados en el registro del espejo y los fantasmas; simbólico, pues investimos de sentido y valor a lo que está en el constructo-mundo que llamamos “realidad”. Sin embargo, para Lacan “la realidad” no está limitada a esos dos órdenes posibles, sino que incluye además un tercer registro, el de lo real. Así pues, para él, hay indefectiblemente tres registros de lo humano: lo simbólico (S), lo imaginario (I) y lo real (R).

9 Es en gran medida a partir de este triple registro (R-S-I) que Lacan estructura su enfoque. También es en él que enmarca Leader las preguntas que desarrollan este planteamiento psicoanalítico, al mismo tiempo que permiten el curso de la presentación llevada a cabo en este libro. Entre tales interrogantes se destacan como ejemplares: ¿cómo difieren el “yo” (je en francés) de la enunciación típica y el Yo (moi de Lacan) sede de las identificaciones imaginarias?; ¿cuál es la pregunta que formula el Yo-imaginario y que consigna la estructura de cada forma de neurosis?; ¿cuál es la función propia del “nombre del padre” respecto a la entrada en el orden simbólico?; ¿cuál es el deseo que da lugar al complejo falo-castración?; ¿cómo puede el sujeto humano encontrar su lugar en una estructura como la lingüística que es independiente y, en parte, ajena a él?; ¿en qué se diferencias anhelo/necesidad y deseo?; ¿a qué se alude al hablar de un “objeto de deseo”?; ¿a qué se dirige el deseo de la madre?; ¿cuál es el nexo entre falo y motivo-de-deseo?; ¿el vínculo entre nombre-del-padre y castración?; ¿cómo retorna a lo simbólico el objeto “forcluido” (o excluido)?; ¿cómo se designa lo que alude a lo fundamental de la existencia (y de la sexualidad)?; ¿cómo nos identificamos a partir de palabras que no nos pertenecen?; ¿cómo se designa y regula lo insoportable al organismo?; ¿de qué modo puede influir el lenguaje en eso llamado goce (jouissance)?; ¿cómo liga entre sí los diversos registros el llamado “sinthome” (síntoma)? Éstas son algunas de las preguntas que trata el libro.

10 En suma, tal como se dice en la contra-tapa de la publicación en español: “a todos los interesados en conocer las ideas de Lacan que se han sentido desalentados por el aparente hermetismo de sus escritos, el sintético y lúcido texto escrito por Darian Leader e ilustrado por Judy Groves ofrece la introducción ideal”.

sábado, octubre 14, 2006

comentario de libros 7



GONZALO MIRANDA HIRIART
Jacques Lacan y lo Fundamental del Psicoanálisis

Título original: Jacques Lacan y lo Fundamental del Psicoanálisis (2003)
Versión leída: Jacques Lacan y lo Fundamental del Psicoanálisis, Ediciones USCH, 2003, 237 páginas.
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1 En Chile la Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez (UCSH) inició en el año 2002 la edición de una Serie de Monografías y Textos que recoge la producción académica de algunos de sus docentes. En esta serie fue incluida la obra del psicólogo y miembro titular de la Sociedad Chilena de Psicología Clínica y psicoanalista vinculado a la red del Campo Freudiano, profesor Gonzalo Martínez Hiriart, cuyo título es Jacques Lacan y lo Fundamental del Psicoanálisis. Conviene entender entonces que ese título de gran amplitud y pretensión posee sobre todo un carácter propedéutico e incluso puede que no haya sido la primera elección de su autor. El título, por tanto, bien podría haber sido menos llamativo, aunque también menos atractivo. Bien podría haberse compendiado su contenido bajo el rótulo Breves escritos de psicoanálisis de orientación lacaniana. Sin embargo, no en vano la seducción es empleada usualmente en el psicoanálisis con el fin de conectar el deseo, el goce, el supuesto-saber y la efectiva transferencia. El título, por cierto, cumple su función sedicente y seductora.

2 Quizá por tratarse de un incipiente proyecto editorial era previsible la existencia de erratas en el texto. Aquí las hay y muchas. El libro, no obstante, es legible, e incluso es clarísimo en su exposición. Pero resulta importante advertir previamente sobre las faltas, pues siempre para un posible lector (sin previo conocimiento del tema o con insuficiente dominio del idioma español) puede convertirse en un obstáculo problemático. Más allá de ese escollo, el libro me parece sinceramente recomendable.

3 Así pues, en esta edición fácilmente accesible (tanto por su bajo costo como por su destacada y elegante claridad), se ofrece un sugerente acercamiento a la clínica psicoanalítica desde un enfoque que propone su aplicación en el actual contexto social e histórico de Chile. Cabe agradecer esta importante iniciativa.

4 Ahora bien, en el marco de una edición universitaria y teniendo en cuenta la ya mencionada actividad docente de su autor, lo primero que llama la atención y termina por ser un incitante imprevisto es que el libro no resulta en absoluto “académico”, sino que mantiene un cometido excepcional: introducir al lector a la clínica y a la posible aproximación a una verdad por medio de ella, algo bastante diferente a esa dogmática búsqueda de “la verdad”, a la que tanto tiende un amplio porcentaje de textos académicos. Esto lo remarca desde el inicio Gonzalo Martínez, poniendo de relieve el modo en que Lacan describe la verdad: “es un enigma…un saber que es capaz de albergar algo de lo real del goce, de eso se trata lo que cada paciente obtiene en el análisis” (p. 128). De tal manera, supone a la verdad, en cada caso, inconcluible. Es siempre “no-toda” (pas tout), por ser una variable posición (no puede comprender el todo), algo que alumbra sólo en parte y que se indica a medias, puesto que nunca se prende del todo. En ella, hay algo de base que no puede aprenderse y que conmueve. Al igual que el yo, la verdad jamás es todo para-mí. Hay una falta que promueve diversas formas de obturar lo oscuro (eso fuera de los nombres y de cualquier identificación). Esa sombra es un motivo imprescindible; nunca se concibe, sólo se vislumbra. Por tanto, en la clínica, el análisis o desmontaje es un trabajo de incesante elucidación. Este concepto quizá sea un relevante punto de partida.

5 En cuanto al contenido del libro, se incluyen: un Prólogo (escrito por el psicoanalista Jaime Coloma Andrews, quien fue profesor de Martínez, y se refiere a la responsabilidad y el cuidado del analista) y los capítulos: Cuestiones teóricas (con tres breves ensayos que compendian una propuesta del autor: un estudio sobre el psicoanálisis de orientación lacaniana: Lo fundamental del psicoanálisis, Sobre psicoanálisis y poesía (Martínez –según nos informa Coloma- ha escrito libros de poemas) y Aún tenemos síntoma, ciudadanos; el segundo capítulo, Cuestiones clínicas, en el que se tratan como temas: la interpretación, los fenómenos psicosomáticos, el pago del analista y algunas consideraciones sobre las dificultades clínicas con víctimas de violencia política; por último, Psicoanálisis y sociedad, en el que aparecen alocuciones sobre la modernidad y la familia. El mismo autor ha advertido al comienzo: “el presente libro reúne una selección de artículos escritos, además de conferencias dictadas durante casi una década, en el espíritu de la orientación lacaniana, es decir, en una relación de transferencia con los dichos de Lacan en su conjunto, sin dogmatismo, sin desconocer sus cambios, impasses y contradicciones y en la exigencia de contemporaneidad, atento a los límites y vigencia de su obra hoy, buscando el diálogo con los saberes propios de nuestro tiempo” (p. 9).

6 A continuación, me referiré básicamente al escrito inicial y más extenso del libro, aquel que da título a la obra. Se trata del primer capítulo, en el que Martínez –como punto de partida- advierte que “Lacan transformó el psicoanálisis en un enigma, que si se sigue hasta el final, lleva a una recreación del análisis en cada uno, a tomar un camino propio, sin saber muchas veces con claridad por qué ése y no otro (…) Nos recuerda que no hay una “cura tipo”, que el psicoanálisis es una clínica del caso por caso. Bueno, tampoco entonces hay un “analista tipo”. No hay un estilo lacaniano de analizar ni de escribir, como tampoco un estilo de hablar o de vestirse; existe el deseo del analista, que aunque encarnado no tiene forma” (p. 36). Ahora bien, el deseo del análisis no es demanda de un sujeto, sino lo que media la búsqueda de la diferenciación, el enfrentamiento con la brecha, con el hiato que impide aupar el Yo-esto (Moi) y el deseo del Otro. La diferencia, en efecto, tiene lugar cuando el sujeto, confrontado con su imagen (fantasía primordial o base), accede por primera vez a la posición de sujeto ($) irremplazable, no-identificable, es decir, inobturable.

7 El autor desarrolla posteriormente una sinopsis del Seminario 11 a partir de una presentación de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis: lo inconsciente (le inconscient), la repetición (répétition), la transferencia (le transfert) y la pulsión (pulsion). Sobre lo inconsciente indica que debemos acercarnos por ello a “los efectos de la palabra sobre el agente”, efectos tan ingerentes que el status mismo de “sujeto” (sujet) pende de ellos. En el proceso analítico no se trata de recordar ni de pensar, sino de hablar, pues “eso” pulsa y sale en lo fallido (tropiezo o lapsus, actos-fallos (o fallos-actos, o sea, lo que se conoce como “actos fallidos”). Al respecto, según el fundador Freud, la función de lo inconsciente es “estar en relación con lo que escapa al intento de aprender el deseo, lo que prosigue no-aprendido, no-determinable, en alemán: Unbegriff (no-captado, inconcebible)”. Su producto –que se expresa como trazos, fallos, restos gestos-reflejos o huellas- siempre sorprende, pasma incluso, pues hace posible el paso a lo inclasificable e innombrable: lo real. Lo inconsciente, precisamente, es requisito imprescindible para acceder a algo determinante e inconcebible, lo real (un cuerpo, la pulsión, la falta productora de deseo (objeto a), el goce, etc.), lo irreductible a las palabras. Respecto a lo real, no se pretende verbalizarlo, menos aún definirlo. Se lee por sus marcas. A la vez, eso inconsciente, función (x), señala la interpretación cuyo sentido escapa al control consciente. Lo inconsciente se estructura como lenguaje (como estructura o sistema formal de diferencias con unidades elementales generadas automáticamente). Por eso, lo inconsciente sintomatiza lo real…Toca leer el síntoma.

8 La repetición o retorno (cuya imagen en español se dice “resaca” o “remanente”) no indica sin más una reproducción (Lacan lo subrayó: Wiederholen no es Reproduzieren). Se alude a lo que Lacan, siguiendo a Aristóteles, llama autómaton, repetición a nivel de la cadena simbólica –sentidos ligados a una imagen (s/S). Corresponde a aquello que estructurado como una forma de guión –tal secuencia de imágenes- que se repite de modo disfrazado o encubierto en las formaciones de lo inconsciente. En esa repetición, pues, tiende a insistir la fantasía-base-pantalla que transforma el displacer de lo traumático de la fantasía primordial en el placer de la imagen obturadora. La repetición crea la ilusión del alivio (proyecto fantasioso que se triza en cada fallo). Lo que permite ese paso es lo que se llama “fantasma” o “fantasía primordial”, base de la alienación imaginaria. “En lo imaginario Lacan ubica al Eso-Yo (Moi) y a todos los esfuerzos por mantener la ilusión de una completud (plenitud o contención duradera, un imposible para el humano)” (puede verse: p. 51). Toca así des-montar esa secuencia automática de imágenes (con su respectiva materialidad y referencia ideal). He ahí algo que atañe al análisis, que luego devuelve el deseo (al analizante) para que se de un lugar (o posición) a ello en la singular historia del sujeto, a fin de que éste admita su irreductible diferencia (y su falta de identificación con lo Otro)…

9 En tal sentido aparece una importante alusión a lo que Martínez destaca como libertad del sujeto (y su relación con la creación o poíesis –que implica un habérselas con lo real-), algo nuclear en el proceso analítico: “la travesía del fantasma da pie para descubrir la paradoja de una libertad que significa la confrontación con lo arbitrario de lo constitutivo primero” (p. 52). Toca aquí, tal vez, preguntar si lo real es lo angustiante y ¿cuánto hay en la libertad del sujeto (lacaniano) del paso de la “facticidad” a la “propiedad” que sugiere Heidegger o del “vértigo” al “crearse sin mala fe” del “soy en libertad”, dicho con palabras de Sartre? No cabe olvidar sí lo imprescindible de lo inconsciente…

10 En lo relativo a la transferencia, Lacan –según remarca Martínez- ya en el Seminario 8 sostiene que es equívoco concebir la transferencia positiva como amor (y la negativa como odio). Tampoco se trata de un pseudo-amor. Más bien es algo exclusivo de un proceso, la condición de posibilidad del análisis, un hacer frente y desmontaje al deseo, en el cual se accede a una red significativa y se liga una posición a la demanda de alguien ($), por lo que éste de pronto interroga e interpela al analista, quien toma la posición simbólica o lugar del (gran) Otro (A), quizá como significante “unario” o conector); de ahí que a quien hace de analista –por el deseo correspondiente- se transfiera la pregunta (¿qué me pasa?, ¿qué desea el otro?, etc.), lo que estructura inconscientemente el síntoma (manifiesto en la repetición). De esa manera, la pregunta se expone hacia el puesto en que se proyecta el supuesto-saber del deseo (absteniéndose de promover la identificación fálica). Sólo el fenómeno de transferencia hace posible esto.

11 Así pues, en el análisis se accede a partir de los significantes (dados en registro simbólico y estructura de sentido) al registro de lo real (sin sentido) –por la mediación del vacío en la cadena significativa (s/S)-. Lacan, al respecto, sostiene: “el objetivo de la interpretación no es tanto el sentido, sino la reducción de los significantes a su sinsentido para encontrar todos los determinantes de la conducta del sujeto”. La separación del Otro (como diferenciación) implica entonces salirse de su discurso-habla como sentencia, y descubrir que la Ley allí contenida entraña un enigma que obliga a interpretarla. De este modo emerge la necesidad de inventar-se (por separación). En el caso del análisis, significa que para que haya lugar a la palabra del sujeto, el Otro tiene que callar, que para existir, el sujeto debe castrar al Otro (y dejar de identificarse como imagen del deseo del Otro, a la vez que desmonta cada Yo-ideal surgido bajo la mirada aprensiva de aquel, a quien pregunta “¿qué desea de mí (de este-Yo)?”), ponerle un límite a su saber; en consecuencia, reducir y delimitar así el saber del analista (a cuyo puesto se ha transferido el síntoma). El analista, por otra parte, –para que haya análisis-, no acepta ser reducido a objeto de demanda (primordial-y-fálica), ni hace de garante erótico o de Super-Yo imperativo. Justamente, el fin de análisis es posible si hay separación subjetiva, si se deja atrás la demanda. Ocurre como una especie de vínculo cuyo éxito es la renuncia a la identificación (p. 60). Se trata, pues, de una relación que evoluciona por la asunción de que es imposible la total fidelidad, a la manera de un insólito amor que promueve la diferenciación. De ahí que acertadamente Gonzalo Martínez inscriba como incitante epígrafe del capítulo una frase de la novela Intimidad de Hanif Kureishi: “si uno no dejase nunca nada ni a nadie, no tendría especio para lo nuevo. Sin duda, evolucionar constituye una infidelidad…”

12 Finalmente, conviene recoger que la demanda en el Seminario 11 corresponde a la pulsión y, en este sentido Lacan retoma las consideraciones de Freud, poniendo de relieve que la pulsión es algo así forma arcaica y analítica de la demanda (de lo que el analista extrae la demanda y hacia lo cual conduce la demanda descubierta). Al mismo tiempo, la pulsión no es un simple impulso biológico, ni un instinto ni tampoco una manifestación de energía, sino el complejo enclave a través del cual la sexualidad (real) participa de la vida psíquica. Por el análisis se da, en efecto, que el objeto a es des-idealizado (desligado del ideal del Yo, del puesto en el registro simbólico), para sacarlo de la lógica de la necesidad, de la Ley; de la imaginaria satisfacción que insiste en el derroche o en la restricción por auto-imposición, en el dolor secreta e involuntariamente programado (según J. Alemán, Jacques Lacan y el Debate Postmoderno). Otro punto importante es que la pulsión nunca es referida a una totalidad (nunca apunta al todo ni se satisface del todo), es parcial, ya que al descubrir su objeto, tiende más a bordearlo, a rodearlo; ante él, le da la vuelta, “como para retro-alimentarse del rodeo”. Entonces, ante la posible incorporación o devoración del objeto, al dar con él, dice Lacan: “la pulsión se entera precisamente de que no es así cómo se satisface”. Su satisfacción (respecto al objeto) no es satisfactoria del todo (aunque quizá se mantiene por la seducción de la identificación fálica –de ser o tener falo-). La pulsión, por lo demás, no es algo “natural”, pero sí del cuerpo (real) (p. 64), escapa a control y a censuras. Conveniente es observarla, elucidarla, sacarla del lastre de “lo maldito”. A modo de juego de palabras, diría que toca desentrañarla para volverla entrañable. Lo erótico y la muerte subyugan si no media esa elucidación.
13 En suma, el libro Jacques Lacan y lo Fundamental del Psicoanálisis de Gonzalo Martínez Hiriart me parece un recomendable libro introductorio para acercarse a aquello que indica su título, una elegante forma de invitar a una práctica clínica que tiende a ser una lúcida disposición a lo Fundamental.