DIARIO DE UN TONTO EN PROGRESO

Diario de un tonto en progreso
CARTA DE NAVIDAD.
Hace unos años, con mi hermano Marcelo, nos encontrábamos en Providencia, un día 24 de diciembre (por la tarde, en medio de un calor idiotizante) y nuestra situación era que estábamos rayando con el descubrimiento de bandas como The Jesus & Mary Chain y Sonic Youth.
El punto es que cada uno de nosotros tenía 6 lucas. Sólo dios sabe que nos sentíamos millonarios con ese monto tan poco habitual para las arcas de nuestros agujereados bolsillos. Jurábamos que era haaaartaaaa plata, pero el mundo y su comercio se encargaron de desmentirnos...
Y bien, el caso es que teníamos que comprar regalos a nuestros padres. Seis lucas cada uno.
Eso no era nada, mi padre suponía que con eso además podíamos comprar regalos a nuestro hermano menor (el único ser en la tierra -que he visto- que puede comprar regalos de navidad a veintitrés personas con dos lucas y guardarse el vuelto. Ya te contaré un día de ese engendro del demonio).
Nosotros, con Marcelo, definitivamente no habíamos nacido con vocación de Papá Noel.
Más bien odiábamos al bendito vejestorio de barba blanca (aunque una vez nos bebimos una garrafa con viejo pascuero bastante freak que vimos en una galería comercial del centro). Teníamos la tarea esa de comprar los regalos, pero antes se nos ocurrió pasar por una disquería. Éramos unos críos bastante raros, así que por lo general nos ponían mala cara en las disquerías. Pero esa vez andábamos con plata, por lo que no nos podían echar tan fácilmente.
Entramos y después de babear con varios discos y sobre varios discos, decidimos comprar el Goo de los Sonic y el Psychocandy de los Jesus. Estábamosla mar de felices, y con una cara de bobo que sólo dios puede tener...
Pero a todo esto, después de unos minutos de arrobo y éxtasis, nos acordamos del deber de comprar regalos a nuestros padres (!).
Revisamos los bolsillos. 214 pesos estrujando las ropas de ambos. Luego de cachetearnos como "el gordo y el flaco" (en este caso no cuenta eso, pues con mi hermano, pesábamos como ochenta kilos sumando el peso de los dos), mi hermano, bastante más "proactivo" que yo (detesto a muerte la palabra"proactivo"), sacó una hoja y se dispuso a dibujar.
Nos sentamos sobre unas escalinatas en Providencia entre Lyon y Suecia.
Entonces, después de mirar cont error la fauna santiaguina (mujeres comprando guantes y piedras para frotarse los muslos, ejecutivos pidiendo a Santa Clos poder frotar los muslos de las mujeres, niñas cotizando silicona, viejas comprando placas dentales... y cantantes de pop (!).
Sí, aparecio Beto Cuevas de La ley. Iba con Clavería y se quedó mirando uno de los dibujos con pastel del pastel de mi hermano.
Mi hermano, entretanto, movido por un codazo de mi parte, aprovechó la situación e hizo una caricatura del Beto. El ridículo ese compró el dibujo por dos mil pesos. Entonces, gastamos luca y dos cientos en helados y con los ochocientos pesos restantes nos orientamos a comprar regalos para los viejucos...
Ni un dios podía dar con algo -que poblara las vitrinas de Providencia- que costara menos de una luca. Fundimos nuestra creatividad y compramos finalmente en una tienducha de objetos espeluznantes: un pañuelo blanco con la letra D bordada en hilo fucsia, y un florero de loza color burdeos con forma de pata (sí!!!, un florero-pie como esos que aparecen de fondo en los chistes de Condorito). Nosotros lo encontramos genial, así que llevamos las cosas (sin envoltorio) y volvimos a mirar nuestros discos embelesados e idiotas como siempre, y como era propio de una tarde de calor donde la gente se aprontaba a su única "noche buena".
Al llegar a casa reparamos en que los muy pelotudos no habíamos envuelto los regalos, así que mi hermano -negándose a gastar los últimos cien pesos que quedaban- dijo que podíamos envolverlo con "papel orgánico no-contaminante".
El pañuelo y el florero fueron entonces cubiertos con una mezcla de papel de diario y de papel higiénico (sé que para mucha gente ambos papeles se confunden, pero nosotros no lo sabíamos entonces). El papel fue salpicado con manchas de pintura fucsia y envueltos con un cáñamo que servía de cordones para mis zapatillas de hacer cimarra a la hora de gimnasia...
Después de cenar pavo relleno con galletas de la suerte (un invento que mezclaba el gusto de mi madre por las tradiciones y la obstinación de mi padre por dar consejos para el futuro), nos sentamos a abrir los regalos.
Marcelo y yo recibimos zapatillas que no coincidían para nada con las que pedíamos y maldijimos y puteamos al viejo pascuero; también palpamos un envoltorio de disco que terminó cubriendo el último lp de Debbie Gibson. Ignoro quién haya dicho a mi padre que a mí me gustaba Debbie (debe de haber sido el mismo quele dijo los años anteriores que me gustaba Tiffany, Roxette y Olivia Newton John).
Mis padres empezaron a gesticular como oraguntanes y preguntaron por sus regalos, por lo que con mi hermano trajimos a colación los envoltorios y se los pasamos.
Mi madre confundió el paquete con el de la carne que había comprado en la tarde y exclamó: -"¡ya cabros güevones, no saquen la carne del refri!"-, pero la convencimos de que se trataba del envoltorio de moda en una galería de arte que visitamos para buscar un regalo ad hoc a ella.
Mi padre empezó con sus problemas cardíacos al abrir su regalo y ver el pañuelo grisáceo con bordado fucsia, y espontáneamente -con cara de mirar al torturador de su madre- dijo: "¿y por qué demonios aparece acá una letra D?"-. Nosotros ni habíamos cachado eso, así que yo dije improvisadamente que nuestro papi era como un DDDDios para nosotros.
Mi padre me miró con ganas de sentenciame al infierno, pero luego calló.
Mi madre entretanto descubrió su regalo, admirando el finísimo envoltorio (y diciendo "creo que voy a reciclarlo"). Una vez abierto, SCHHHAAANNN!!!...
MI MADRE vio el florero de pata, y dijo con un puchero inmenso: ¿qué es esto????
Nosotros nos alzamos de hombros, y ella irrumpió en llanto.
No fue un llanto corto, fue larguísimo. Mi madre sollozaba y tartamudeando decía: ¡¿por qué!?
Mi padre no atinó sino a pasarle su recién estrenado pañuelo, mientras nos amenazaba con cortarnos la mesada, la lengua y el saludo...
Ya ves, sí, ¡el mundo es un pañuelo! El mundo es como un pañuelo gris que lleva la inscripción de un Dios mula, y que recibe las lágrimas de mi madre desconsolada por sus dos hijos.
Nosotros por esa hora todavía pensábamos que nuestra madre era muy sensible y que se había puesto la mar de emocionada por nuestro florero-pie-de-regalo...
Pero fue entonces que se puso a perseguirnos, pata en mano, para lanzarnos el florero en la cabeza... La pata alcanzó la cabeza de mi hermano que desde entonces resiente un fuerte daño neuronal por lo que mantiene una obstinación sexual por los pies...


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