viernes, enero 15, 2010

CARTAS (1)


Una vez que lentamente nos despedimos, me quedé mirándote.
Hasta que tú desapareciste de mi vista y entraste a mi recuerdo.
Luego la cosa va más rápido. Tal como cada sol y cada sueño, tiene su cima y su ocaso.

A veces la vida da vueltas y a veces las cosas dan vueltas…
Después de que te fuiste, dos o tres lágrimas se asomaron en mis ojos. Mirada vidriosa bajo lluvia de emociones. Caminé. Me dirigí hacia al ascensor. Entré mecánicamente por la puerta automática, siguiendo a un tipo alto y desgarbado con traje oficial de aeronave. Tosí como perro con tuberculosis. El tipejo se alejó de mí, tal como si se hubiera encontrado de pronto con una víctima de lepra contagiosa. Cuando escuché, dentro del cubo transparente, que salía -por altoparlante- una voz de actriz porno portorriqueña que decía: “now you’re on first floor. Welcome” deduje que había arribado a Disneylandia, quizá por apegarme demasiado a tu partida al país de las oportunidades y la paranoia. El vil uniformado aprovechó que yo babeaba al otro lado del ascensor para entretanto salir despavorido. Ante mi torpe extrañeza, el ascensor volvió a subir antes de que bajara yo. Cuando llegué al segundo nivel, sentí terror del cubo “inteligente” y por tontera propia decidí salir. Para conmoción del aeropuerto entero, caí con estruendoso sonido. ¡¡¡Prommmmppp!!!

…Welcome –me dije. Solo para ver si aun podía hablar.

Ignoro por qué demonios a alguien le dio por construir un ascensor cuya salida es por distinta puerta que a la entrada. Caí de bruces al vacío. No me quebré, solo porque no hay milagros ni dios es justo. Todavía tengo las rodillas turuleques y tembleques. Me duelen cuando me río y cuando no río. Mi mami dice: “no muere mala hierba ni mala gente”. Gracias, gracias…Yo digo que si hay lotería de padres, me gané “el gordo” y “la bruja de mis sueños”, y que debieran exportar a mi madre a la franja de Gaza. Ya que, dadas las cosas, si fuera ella a quien se le encomendara alentar la muy baja moral de los soldados, les aseguro que estos pronto estarían peor: renunciarían a la guerra, a la patria, a la familia, a sus hijos y a sus vidas. Mascarían granadas al desayuno. Sea dicho con mi acostumbrada y criminal franqueza: ella barre por los suelos cualquier esperanza en la humanidad; de hecho, un día con mi madre bastaría para convertir al Dalai Lama en asesino en serie…

2

Una vez que pude reponerme, o sea, ponerme en pie de nuevo, comencé a andar entre la turba, como un Cristo (sin poderes) sobre las olas. Unas doce personitas estaban alrededor. Eran zánganos curiosos, al borde de la risotada y de la mueca burlesca. ¿Se siente bien?- me preguntó uno que inconscientemente imitaba mi andar de cojo borrachín. Contesté sonriente: -¡la verdad, me sentiría mucho mejor si hubiese sido usted quien se cayó!-. El burlón, su familiar desgracia, su desgraciada familia y el resto de subnormales se puso a andar y me abrió paso.
Enfilé los pasos hacia la salida del aeropuerto. Imaginé aviones con retraso, aviones llenos de pasajeros en sus vientres, azafatas haciendo un show de pantomima mientras dan instrucciones que todos pronto olvidarían a la hora de catástrofe inminente, tipos extrayendo vasos de whisky de los carros de las azafatas, tipos que se arrojarían sobre las azafatas a la hora de una catástrofe inminente, pilotos que se persignan y sueltan los controles, pasajeras que se tocan la entrepiernas mientras tanto se encomiendan a dios y un dios sordo que juega a su propia versión de “¿me quiere o no me quiere?”, susurrando: “¿se caen o no se caen los soñadores?”…
Al salir por pies del aeropuerto, escuché el despegue de un avión y el aterrizaje de otro. El mundo sigue dando vueltas –pensé. Es el vaivén de lo que vuela y de lo que cae, como el amor y sus pasajeros, ilusos enamorados.
Luego caminé. Caminé un equivalente a treinta o cuarenta cuadras, pues por error estacioné el auto en los depósitos de carga. Cuando llegué al depósito, a un guardia se le ocurrió gritar: “¡Oye, Juan, se escapó uno de los animales!”. ¡Vaya! Me costó diez minutos de perorata convencer a Juan y a Pedro, apóstoles de la divina estupidez: “yo soy humano (más o menos)”, “acabo de dejar mi auto a unos metros de sus narices”. Pedro terminó por decirme que su cuñado tenía un circo en la Recoleta. Me entregó su tarjeta. No haré comentarios por esta vez.
Cuando logré subirme al auto, encendí el radio. Porque el silencio crecía; me recordaba a ti, a un adiós, a una caída, a un “no-tiene-ningún-sentido-que-losquesequieren-sealejen”… Miré las luces en el grávido seno de la noche: aviones, señales y estrellas fugaces. En la radio, escuché el comienzo lento, profundo y grave de “I can’t get no (satisfaction)” interpretada por Björk y PJ Harvey, como una oración cantada por un dúo de voces de ángeles negros y nocturnos que reniegan del cielo etéreo y pulcro de los ángeles sin sexo. Encendí el auto, tomé al manubrio, doblando con la misma gracia que emplea en el cine un conductor pendenciero y prófugo de la ley, salí del aeropuerto hacia San-chasco. Esa era, al menos, la intención. Pero para entonces, como en la vida, había un gran tramo entre el deseo y la realidad. Las cosas empezarían a torcerse y a dar vueltas sobre sí mismas.
Ya que algunos vinimos al mundo para imprimirle vértigo a la vida.
Y la vida nos da vueltas y vueltas, y las cosas, lo mismo…

3

Salí en el auto a la carretera. Con mi banda sonora: los Blind Melon cantaban la bella “all that i need”. Sentí que era el protagonista de un road story. Presioné a concho el acelerador. Lancé un eructo (como señal de alarma). Puse cara de recién expulsado del colegio-cárcel-penitenciaria. Todo fue en vano. Justo cuando empezaba a imaginarme como Harry el sucio (al menos, lo de sucio, me venía al callo), me encontré de frente con el peaje. Escarbé mis bolsillos. Solo me quedaban monedas (hurtadas, con descaro, a los mendigos ciegos). Conté, como pude, “dos mil” en monedas de cien, cincuenta, diez y cinco pesos. Detuve el auto junto a la estrecha caseta y su estrecha ocupante. Por lo que vi era una hermosa mujer de unos veinticinco (la verdad es que apenas lo vi. Muy bien podría haber sido un travesti, ancho como un rugbista y con bigote y patilla bajo el pelo con visos). ¡Qué tal nuestra noche! –le anuncié con mi voz más ronca y más falsa. -¿A qué hora saldrías de tu puesto para venir a buscarte?-. La chica abrió los ojos como huevos fritos, me miró furiosa. Puso la misma mueca de agrado que habría puesto si me hubiera encontrado comiéndome las uñas de los pies y hurgándome las narices al mismo tiempo que celebraba el tamaño enorme de mis mocos. Sacó un brazo de la caseta y se puso a apuntar con golpecitos un cartel. Leí. Decía: “se ruega no conversar con la operadora”. La miré. Le entregué el fajo de monedas. Ella presionó un botón. Me levantó una gruesa barrera de madera. Yo le levanté un dedo, el del medio. Ella me mandó a la ciudad. Yo la mandé a la mi…, lugar del que nunca debió haber salido. Las cosas, por un segundo, en su lugar…

4
A veces las cosas dan vueltas y a veces es uno el que da vueltas…
Decir que di unas cuantas vueltas tratando de buscar la dirección a la ciudad de San fiasco sería como describir el Gran Cañón de El Colorado como un pequeño y sutil agujero en la tierra.
El punto es que estuve dando vueltas durante muuucho tiempo. El reloj cambiaba sus números. El vidrio se enfriaba. Los aviones iban y venían. Tú pasabas por sobre países y yo bajo alarmas electrónicas de peaje. Hasta que luego de tomar una curva-rotonda, como quien se tomaría una cerveza en pleno desierto, me encontré con una tierna pareja de “amigos en su camino”. –“¿Y usted, qué cree que hace?”- me soltó un feo marciano de verde con casco blanco. “¡Va contra el sentido, jovencito!” –me soltó el otro. “¡Créame, oficial, que nunca ha dicho algo más correcto!”-le espeté. -¿Qué cree que dice usted?”, refunfuñó el verde ogro que servía de dama de compañía. –“Le decía que llegué hace muy poco al país, vengo del aeropuerto, estoy impresionado del progreso, la calidad de los caminos, los peajes, la gente, la policía… el cuento es que todo ha cambiado mucho desde que salí del país acompañando a mi padre en misión diplomática para dar cuenta de la importancia del honor patriótico y el orden público en Chile a lo largo de quince países de la viejuja Europa. Parece sí que no me las puedo arreglar bien para encontrar la salida a Santi-asco. Quizás ustedes, nobles miembros del cuerpo civil de Caras-de-vineros de Chile, podrían decirme cómo encontrar la salida…”.
Se miraron uno a otro, los dos extrañados, como si hubieran visto de pronto a Dios bajar del cielo desde un relámpago para felicitarlos por lo bien lustrados de sus zapatos de oficial obediente. Entonces replicaron, con repentina voz de soprano: “mire, joven, lo que pasa es que usted se ha pasado. Tomó la salida 18 c y la que necesita es la 16 e. Dese la vuelta aquí, contra el tránsito, nosotros lo escoltaremos hasta allá. Usaremos nuestras sirenas para despejarle el camino. Así fue como logré encontrar la dirección hacia la ciudad. Volví a pasar por fuera de la casa de tu mami y fue allí donde pensé en ir a saludar a mis padres, para no tener que oír al otro día de sus gargantas desgastadas (por lamentos y retos) la sonajera del lastimoso “cumpleaños feliz”. Seguí conduciendo a toda pastilla porque ya a esa hora me había acostumbrado a la autopista. Las cosas siguieron dando vueltas, y más cuando empecé a beber con mis padres una mezcla de champaña, pisco-sour, vino jerez y otros menjunjes, pero esto ya es tema de otro relato…

El caso es que no hay vueltas que por bien no vengan.
Te esperaré a tu vuelta.

A veces la vida da vueltas y a veces las cosas dan vueltas, y entonces hay que plantarse y detenerse y mirar a los lados y sonreír… Cuando me planté delante del cruce de calles, recordé algo que me dijo el marciano-carabinero cuando notó que me cuadraba ante él y apenas reprimía mi ataque de risa.
“¡Jovencito, asegúrese de que la próxima vez que cruce la calle, el semáforo le indique claramente luz roja!”

Continuará.




Este maldito yo!

2 Comments:

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