rodeos
Historias de un sacador de vueltas:
***
1
Si seguimos al pie de la letra lo que mi dulce madre cuenta a sus matusalémicas amigotas, soy yo un clarísimo caso en que es urgente un cable a tierra (ni idea de por qué mi madre usa ese feo lenguaje de electricista, pues ella es incapaz de diferenciar una bujía de su propio dedo meñique, y esto lo deja en claro cada vez que intenta enrollar una ampolleta a su soquete). En este sentido (o sea, en el que hace posible escapar de mi sarcástica mami), al menos puedo confesar a mi favor que nunca tuve en mi niñez ni enfermedades venéreas ni urgencias metafísicas (aunque parezca increíble, de niño estaba lo más lejos posible de los filósofos y del alcohol; si bien, no sorprende que las dos cosas se hallaran igualmente distantes cuando, por lo general, van inseparablemente juntas: dondequiera que hay alcohol, hay filósofos como moscas y dondequiera que hay filósofos hay muchas botellas vacías en las que se ha exprimido una alucinógena dosis de alcohol)…
De hecho, antes de acometerme algún delirio filosófico, o preguntarme platónicamente por el asombroso modo en que el interruptor de corriente, al presionarse, hace lo que dios alguna antigua noche, cuando dictaminó: “¡Hágase la luz!”, yo optaba por reptar entre lo oscuro, a tientas, hasta abrir la puerta del refrigerador, a fin de hacer mi nocturno saqueo y cierto es que detestaba esa maldita luz automática que me acusaba –como una pálida aguafiestas- sin poder yo oponerle resistencia (¡Maldita luz de la razón!). A oscuras en la memoria, recuerdo una noche gloriosa: estaba en plan ladrón de comistrajos y bebestibles, cuando escuché a mi madre tomar su uslero y aproximarse a la caja refrigerada (donde me disponía a mis queridos ultrajes), sin pensarlo dos veces (y ni siquiera una, algo habitual en mí), me escondí adentro del refri y cerré de un golpe la puerta. Pronto sentí el punzante frío (sobre todo en el trasero y en las bolas), luego oí los pasos de mi madre cada vez más cerca. Tras de eso vino a mis oídos su gorjeo de ave estrangulada: “¿quién diablos anda ahí?”. Mientras, mi cabeza se había atorado entre la rejilla de los vegetales y la de los lácteos. Quizá pasó así un par de minutos, algo que se me hizo eterno como si hubiera estado amarrado en la cocina y obligado a escuchar, sin pausa alguna, un disco con canciones de Elvis, versión de cantos gregorianos y zampoñas –lo del disco ese está basado en un caso real: es lo que mi padre nos obliga a oír en su auto, sea dicho de paso-). Entonces, mi madre abrió el refri y se me quedó mirando. Yo traté de mantenerme inmóvil. Para inspirarme, pensé en que si me castigaban tendría que acompañar a mi madre a las liquidaciones de mil zapaterías o a mi padre en las capacitaciones para promotores de venta piramidal. La cosa resultó, aunque mi madre me miraba a la cara fijamente (notaba su cara de plena sospecha). Yo tenía los ojos cerrados, el ceño muy fruncido, la mandíbula totalmente apretada, las mejillas infladas y rojas por no tomar ni pizca de aire. En suma, parecía el rostro de alguien que está cagando lo que le queda después de haber competido en el campeonato nacional de mejicanos engullidores de frejoles. Cuando ya creí que me moría, mi ma cerró la puerta de un golpe y se volvió a la cama. Escuché su voz sonar desde el dormitorio. Ella hablaba con mi padre. “… ¡si serás bruto, que no puedo encargarte nada. Te pido comprar un pollo y me traes un jabalí desnutrido y cabezón!”. Mi pa debe de haber mirado extrañado antes de voltearse para seguir roncando. En seguida, los ronquidos de mis padres continuaron. Volvimos al sonido de dos osos asmáticos gruñendo, música de fondo que caracterizaba las noches en la apacible casa familiar.
Demoré el resto de la noche en poder estirarme y una buena parte de la mañana en liberar mis testículos congelados gracias a los ansiosos golpes que daba con un enorme picahielos. No voy a omitir que cada vez que me pegaba con el picahielos, debía reprimir un dolor que sólo podría compararse al de apretarse los pezones con una llave inglesa. Una vez resuelto el cacho, justo cuando mi padre se disponía a sacar su cerveza matinal, alcancé a abrirla, beberla de un trago, orinar en el interior de la botella y volver a taparla y colocarla en la sección “delicadezas”. Me alejé a hurtadillas, gateando, pues mis bolas estaban tan hinchadas como dos disparejas pelotas de baloncesto.
En el preciso instante en que lograba encaramarme a la cama, oí el alarido de mi padre, el cual vociferaba mi nombre.
–“¿Sí, papito?”-
-¡Mira, tumor primogénito! Resulta que me acabo de encontrar que mi cerveza fina selección y ganadora de diez medallas de calidad ha sido engullida y reemplazada por orines con olor a amoniaco y a sudor de obrero proletario…
-¡Papi! ¡No sé de qué me hablas! ¡Hasta ahora nunca jamás en mis dieciocho añitos he bebido una gota de ese pecaminoso alcohol! ¡Podría jurarlo! ¡Cruz pa’l cielo, Dios, que si miento en algo, caiga un mortífero rayo… justo en la cabecita de mi santa madre!
Mi madre, de añadida, se acercaba a la escena del deleitante delito.
-¡Mira, ciego! ¡Qué asombroso! ¡Justo hay una seguidilla de huellas de pies mojados que van del refri a la cama de esta criatura del demonio!
Mi padre advertía el charco de agua e insistía en voz alta: “¿Y quién, si no tú, puede tomarse mi cerveza?”. Yo miré suspicazmente a mi madre. La arpía dijo, entonces, con sorna: “¡Habrá sido un ángel!”
-¿Ángel? –preguntó con asco mi papi.
-¡Eso es! ¡Un ángel!
Mi padre miró a mis ojos. Vi dos ojos inyectados en sangre y echando chispas. Luego el finiquito vino a voz en cuello:
-Pero ¡carajos!...Dime:
¿Cómo es que un ángel existe, baja del cielo a la tierra, bebe cerveza y luego deja los restos con apestoso olor a obrero proletario… justo en la botella del más refinado exponente de nuestra noble burguesía?
-¡Eso es, papi! ¡Es una excelente pregunta metafísica!... Te aseguro que toda la historia del pensamiento metafísico puede resumirse bien en esa sabia interrogante…
Mis padres me miraron con mezcla de desprecio y descrédito, no sin antes darme el nombre de “filósofo” a modo de insulto inmejorable…
Así las cosas, ahora intentaré mostrar cómo es que la filosofía bien puede resumirse en esa aguda pregunta lanzada por mi padre en su más rotunda desesperación…Tiemblen Santo Tomás, Hegel y Marx…
¡Felices los que dudan!
¡Amén!
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Si seguimos al pie de la letra lo que mi dulce madre cuenta a sus matusalémicas amigotas, soy yo un clarísimo caso en que es urgente un cable a tierra (ni idea de por qué mi madre usa ese feo lenguaje de electricista, pues ella es incapaz de diferenciar una bujía de su propio dedo meñique, y esto lo deja en claro cada vez que intenta enrollar una ampolleta a su soquete). En este sentido (o sea, en el que hace posible escapar de mi sarcástica mami), al menos puedo confesar a mi favor que nunca tuve en mi niñez ni enfermedades venéreas ni urgencias metafísicas (aunque parezca increíble, de niño estaba lo más lejos posible de los filósofos y del alcohol; si bien, no sorprende que las dos cosas se hallaran igualmente distantes cuando, por lo general, van inseparablemente juntas: dondequiera que hay alcohol, hay filósofos como moscas y dondequiera que hay filósofos hay muchas botellas vacías en las que se ha exprimido una alucinógena dosis de alcohol)…
De hecho, antes de acometerme algún delirio filosófico, o preguntarme platónicamente por el asombroso modo en que el interruptor de corriente, al presionarse, hace lo que dios alguna antigua noche, cuando dictaminó: “¡Hágase la luz!”, yo optaba por reptar entre lo oscuro, a tientas, hasta abrir la puerta del refrigerador, a fin de hacer mi nocturno saqueo y cierto es que detestaba esa maldita luz automática que me acusaba –como una pálida aguafiestas- sin poder yo oponerle resistencia (¡Maldita luz de la razón!). A oscuras en la memoria, recuerdo una noche gloriosa: estaba en plan ladrón de comistrajos y bebestibles, cuando escuché a mi madre tomar su uslero y aproximarse a la caja refrigerada (donde me disponía a mis queridos ultrajes), sin pensarlo dos veces (y ni siquiera una, algo habitual en mí), me escondí adentro del refri y cerré de un golpe la puerta. Pronto sentí el punzante frío (sobre todo en el trasero y en las bolas), luego oí los pasos de mi madre cada vez más cerca. Tras de eso vino a mis oídos su gorjeo de ave estrangulada: “¿quién diablos anda ahí?”. Mientras, mi cabeza se había atorado entre la rejilla de los vegetales y la de los lácteos. Quizá pasó así un par de minutos, algo que se me hizo eterno como si hubiera estado amarrado en la cocina y obligado a escuchar, sin pausa alguna, un disco con canciones de Elvis, versión de cantos gregorianos y zampoñas –lo del disco ese está basado en un caso real: es lo que mi padre nos obliga a oír en su auto, sea dicho de paso-). Entonces, mi madre abrió el refri y se me quedó mirando. Yo traté de mantenerme inmóvil. Para inspirarme, pensé en que si me castigaban tendría que acompañar a mi madre a las liquidaciones de mil zapaterías o a mi padre en las capacitaciones para promotores de venta piramidal. La cosa resultó, aunque mi madre me miraba a la cara fijamente (notaba su cara de plena sospecha). Yo tenía los ojos cerrados, el ceño muy fruncido, la mandíbula totalmente apretada, las mejillas infladas y rojas por no tomar ni pizca de aire. En suma, parecía el rostro de alguien que está cagando lo que le queda después de haber competido en el campeonato nacional de mejicanos engullidores de frejoles. Cuando ya creí que me moría, mi ma cerró la puerta de un golpe y se volvió a la cama. Escuché su voz sonar desde el dormitorio. Ella hablaba con mi padre. “… ¡si serás bruto, que no puedo encargarte nada. Te pido comprar un pollo y me traes un jabalí desnutrido y cabezón!”. Mi pa debe de haber mirado extrañado antes de voltearse para seguir roncando. En seguida, los ronquidos de mis padres continuaron. Volvimos al sonido de dos osos asmáticos gruñendo, música de fondo que caracterizaba las noches en la apacible casa familiar.
Demoré el resto de la noche en poder estirarme y una buena parte de la mañana en liberar mis testículos congelados gracias a los ansiosos golpes que daba con un enorme picahielos. No voy a omitir que cada vez que me pegaba con el picahielos, debía reprimir un dolor que sólo podría compararse al de apretarse los pezones con una llave inglesa. Una vez resuelto el cacho, justo cuando mi padre se disponía a sacar su cerveza matinal, alcancé a abrirla, beberla de un trago, orinar en el interior de la botella y volver a taparla y colocarla en la sección “delicadezas”. Me alejé a hurtadillas, gateando, pues mis bolas estaban tan hinchadas como dos disparejas pelotas de baloncesto.
En el preciso instante en que lograba encaramarme a la cama, oí el alarido de mi padre, el cual vociferaba mi nombre.
–“¿Sí, papito?”-
-¡Mira, tumor primogénito! Resulta que me acabo de encontrar que mi cerveza fina selección y ganadora de diez medallas de calidad ha sido engullida y reemplazada por orines con olor a amoniaco y a sudor de obrero proletario…
-¡Papi! ¡No sé de qué me hablas! ¡Hasta ahora nunca jamás en mis dieciocho añitos he bebido una gota de ese pecaminoso alcohol! ¡Podría jurarlo! ¡Cruz pa’l cielo, Dios, que si miento en algo, caiga un mortífero rayo… justo en la cabecita de mi santa madre!
Mi madre, de añadida, se acercaba a la escena del deleitante delito.
-¡Mira, ciego! ¡Qué asombroso! ¡Justo hay una seguidilla de huellas de pies mojados que van del refri a la cama de esta criatura del demonio!
Mi padre advertía el charco de agua e insistía en voz alta: “¿Y quién, si no tú, puede tomarse mi cerveza?”. Yo miré suspicazmente a mi madre. La arpía dijo, entonces, con sorna: “¡Habrá sido un ángel!”
-¿Ángel? –preguntó con asco mi papi.
-¡Eso es! ¡Un ángel!
Mi padre miró a mis ojos. Vi dos ojos inyectados en sangre y echando chispas. Luego el finiquito vino a voz en cuello:
-Pero ¡carajos!...Dime:
¿Cómo es que un ángel existe, baja del cielo a la tierra, bebe cerveza y luego deja los restos con apestoso olor a obrero proletario… justo en la botella del más refinado exponente de nuestra noble burguesía?
-¡Eso es, papi! ¡Es una excelente pregunta metafísica!... Te aseguro que toda la historia del pensamiento metafísico puede resumirse bien en esa sabia interrogante…
Mis padres me miraron con mezcla de desprecio y descrédito, no sin antes darme el nombre de “filósofo” a modo de insulto inmejorable…
Así las cosas, ahora intentaré mostrar cómo es que la filosofía bien puede resumirse en esa aguda pregunta lanzada por mi padre en su más rotunda desesperación…Tiemblen Santo Tomás, Hegel y Marx…
¡Felices los que dudan!
¡Amén!


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